Hay una única cosa que no puede arrebatarse a un hombre: la última de las libertades humanas, la de elegir cuál será su actitud en un conjunto dado de circunstancias; la de elegir su camino. Viktor Frankl, superviviente de Auschwitz.

 

El 1 de Diciembre se inauguró en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid la exposición «Auschwitz, No hace mucho, no muy lejos» en colaboración con el Museo Estatal de Auschwitz Birkenau de Polonia, donde se muestra una colección de más de 600 objetos que dan testimonio de la situación tan dramática y cruel que se vivió en el campo de exterminio alemán.

Los que me conocen, y los que lleváis un tiempo leyéndome y siguiendo mis viajes, sabéis que intento leer y aprender todo lo posible sobre este suceso, porque considero que quien no conoce su historia está condenado a repetir de nuevo sus errores.

Auschwitz sigue siendo una marca pendiente en mi lista de viajes a realizar, pero no podía desaprovechar la oportunidad de visitar una exposición con tan buenas críticas y que nos acerca la historia (más oscura, eso sí) de Alemania a nuestro país. 

Mientras en otro lugar, justo unos años antes, unos años después (o sólo cinco minutos más tarde) alguien dejaba su huella en la Luna, alguien descubría la estructura del ADN o una mujer ocupaba en la historia el lugar que se merece; un lúgubre vagón monta cargas se cerraba bajo llave desde el exterior dejando hacinadas durante días y sin alimento ni espacio casi para poder respirar a cientos de personas. 

Sí, mientras el resto del mundo celebraba los avances sociales, culturales y científicos que nos hacían mejores personas, en gran parte de Europa (y en Auschwitz en particular) se vivía el horror en estado puro. Nadie en su sano juicio a quien le contaran las barbaridades que allí se vivirían, creería que eso podría llegar a ser verdad.

Es precisamente uno de estos vagones pertenecientes a la Deutsche Reichsbahm (al III Reich) quien, como a ellos, nos da la bienvenida a esta exposición.

 

Las entradas varían su precio dependiendo del día que visitéis la exposición. Los lunes cuesta 7€, de martes a viernes 10,50€ (8,50€ para desempleados, estudiantes y menores de 18 años) y los sábados, domingos y festivos 12,50€ (9,50€ con tarifa reducida). Suele ser mejor comprar la entrada online, ya que así evitaréis tener que esperar (y más ahora que la exposición cierra el 17 de junio).

Una vez dentro, podréis adquirir audioguías para escuchar testimonios con voces reales y una explicación más detallada de todo lo que veremos.

El recorrido comienza con una descripción acerca de la ciudad de Auschwitz y su historia, un pueblo ducal que Polonia recibió de Alemania al finalizar la I Guerra Mundial, un punto estratégico debido a la facilidad de comunicación ferroviaria.

Pero, contrariamente a lo que pensamos, antes de convertirse en lo que actualmente conocemos, Auschwitz era una localidad con un alto porcentaje de judíos ya que se convirtió en un centro para emigrantes a Estados Unidos y, los barracones que más tarde serían casi una tumba, en un primer momento se construyeron para acoger a aquellos que emprendían el gran viaje.

Poco a poco y conforme avanzamos, iremos viviendo los hechos históricos que dan lugar al ascenso del nazismo y que dieron lugar al holocausto judío.

Matarlos era lo que menos tiempo exigía. En media hora podía acabarse con 2000 de ellos; era la incineración lo que tardaba mucho más. Rudolf Höss, komamandant de Auschwitz.

La exposición incluye muchos objetos y un extenso material fotográfico y audiovisual que nunca antes había sido mostrado al público. Maletas, gafas con cristales rotos, zapatos, jirones de tela de vestimentas.. un largo etcétera de pertenencias que nos dejan constancia de las vidas que dejaban atrás y la vida que les esperaba.

 

Entre los objetos más sorprendentes y llamativos, encontramos algunos de los juegos de mesa con los que solían jugar los niños alemanes y que dan muestra del odio que se inculcaba desde la infancia a los hebreos. El juego en cuestión se llama ¡Judíos fuera! y tenía como finalidad capturar a los judíos y expulsarlos de la ciudad, marcada en el tablero mediante una muralla. El juego permitía de 2 a 6 jugadores y era una especie de parchís.

Otra de las historias que más sobrecogen es la de Zdenka Fantlová, una judía que con tan sólo 18 años se enamoró a primera vista de Arno, otro chico judío. En 1942 ambos fueron deportados al campo de concentración de Terezin, en República Checa (tenéis más información sobre este campo aquí, para los que queráis leer mi visita a Terezin) donde «continuaron con su relación», pero desgraciadamente él sería deportado al Este, por lo que talló un anillo de estaño donde grabó su nombre y la fecha 13 de junio de 1942 y se lo regaló a Zdenka.

En octubre de 1944 Zdenka fue destinada a Auschwitz donde se jugó la vida en el registro escondiendo el anillo bajo su lengua y manteniéndolo hasta la actualidad con ella. Zdenka sobrevivió pero no Arno. En la exposición podemos ver una réplica exacta del anillo ya que Zdenka lo sigue llevando y lo cuida como un tesoro (lo que realmente es).

Barracones reales donde eran encerrados, muros y alambradas electrificadas, incluso una lata de pesticida con cianuro que se utilizaba en las cámaras de gas y la máscara de gas que Rudolf Höss utilizó mientras veía morir a cientos de personas. Junto a ella podemos leer otra de las inhumanas frases que dejó para nuestro legado: «Observé las muertes protegido con una máscara de gas. La muerte se presentaba en las celdas atestadas en cuanto se introducía el gas. Un breve grito de ahogo y se acabó. En realidad, la primera ejecución de gas no me marcó demasiado».

Durante las 3 horas que dura el recorrido, podremos escuchar a supervivientes del holocausto contando cómo se sentían, la sensación de desasosiego, de dolor y miedo y horror a partes iguales, pero también las ganas de seguir viviendo. 

Otra de las partes incomprensibles de la exposición es la dedicada al instrumental médico del doctor Josep Mengele. La mesa de operaciones del sádico médico nazi es una de las piezas que más impresiona al escuchar su historia. Gran parte del instrumental que utilizaba podemos encontrarlo en vitrinas de cristal, con él realizaba experimentos inhumanos como inyecciones de productos químicos para intentar cambiar a azul el color de los ojos, esterilización de mujeres para preservar la raza aria, cirugías sin ningún tipo de anestesia, experimentos con gemelos y un largo etcétera que pone la piel de gallina y encoge un poquito más el corazón.

Caminar recorriendo la exposición era ver caras de tristeza, era llorar al escuchar cómo el gas subía desde el suelo en las cámaras donde los asesinaban y todos trataban de alcanzar altura a pesar de aplastar a sus padres ancianos o a sus hijos, el instinto de supervivencia y los venenos gaseosos hacían que no luchasen a toda costa por seguir respirando, por eso los niños y los ancianos acababan siempre en el fondo. Igualmente, nada servía. Al día 10.000 personas morían.

Dibujos, grabados e incluso fotografías tomadas en 1944 por Alberto Errera dan fé de la barbarie. Éste último ocultó una cámara en el pantalón y tomó cuatro fotografías del crematorio 5. En septiembre consiguió enviar el carrete (dentro de un tubo dentífrico) a Cracovia. Alberto fue apresado y torturado por las SS y su cadáver fue expuesto (tras haber sido mutilado) en la entrada del campo como advertencia a aquellos que pensasen hacer algo parecido. 

¿Qué sensaciones deja visitar Auschwitz; No hace mucho, no muy lejos? Creo que cada vez que leo sobre este tema, visito un lugar, veo una película o una exhibición sobre el Holocausto viene a mi la misma pregunta: ¿por qué?. ¿Por qué alguien puede sentir tanto odio por personas que no han hecho absolutamente nada? ¿Por qué discriminamos por un color de piel diferente o unas creencias que no son las nuestras? ¿Por qué nadie hizo nada para evitar una masacre de tal magnitud?

Primo Levi, un superviviente de Auschwitz escribió en su libro Si esto es un hombre: «Ocurrió. En consecuencia puede volver a ocurrir.»  Y tenía toda la razón del mundo. El problema antisemita sigue siendo una realidad. Cuando se anunció la apertura de la exposición en Madrid, las redes sociales se llenaron de mensajes de odio hacia los judíos. Seguimos siendo una sociedad racista, machista y xenófoba. Seguimos mirando hacia otro lado cuando vemos injusticias y no actuando cuando deberíamos.

Ver una exposición así, visitar los campos de exterminio, leer sobre el tema es doloroso, sí; pero muy necesario. Al final del recorrido podemos disfrutar de un vídeo en el que algunos de los supervivientes hablan de cómo a pesar de todo lo vivido, se quedan con los momentos en que se ayudaban entre ellos; en cómo, a pesar de no conocerse, se apoyaban como haría tu familiar más querido. Transmitían mensajes de paz, de respeto y entendimiento con aquellos diferentes a nosotros y, sobre todo, que la vida es empatía y perdón, que no hay espacio para el odio si queremos ser felices.

La muestra exhibe varios zapatos pertenecientes a los judíos que murieron y fueron torturados en Auschwitz y precisamente quiero terminar mi entrada hablando sobre esto. Quizás no sean los objetos más «interesantes» pero sí uno de los más representativos.

Después de meses caminando con unos zapatos sin cordones, éstos se habían convertido en un instrumento de tortura para Primo Levi. Cada paso era agrandar las llagas ya infectadas. Una mañana, al despertase vio que su compañero de litera había fallecido y el se apropió de sus cordones. A pesar de que hoy nos cueste comprenderlo, él lo recuerda como uno de los momentos más agradables de su vida. Aunque fuese para dirigirse a la cámara de gas, por fín podría caminar con normalidad.

La empatía comienza por ponernos en la piel de otra persona. Ahí reside la importancia de este objeto tan cotidiano y al que, en cualquier otra situación, no le damos tanto valor. Sin embargo es inevitable preguntarse a quién pertenecería ese zapato rojo de tacón, o un minúsculo zapatito blanco y azul de bebé. Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que ambos tuvieron un destino final: una muerte horrible y que nadie debería vivir.

Sería grotesco imaginar que son nuestros zapatos los que se exhiben en una urna de cristal debido a nuestro trágico final. Quizás esa sea una de las claves para evitar actuar como monstruos. Ser capaces de ponernos en los zapatos de los demás.

 

 

 

 

 

 

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