Lo confieso. No soy una persona de viajes en solitario. Prometo que lo tengo en mi lista de pendientes y que algún día me lanzaré a la aventura de descubrir un país con una mochila como mi única compañía pero, hasta la fecha, para mi un viaje no se trata únicamente del lugar a visitar.  

 

Si hay algo con lo que realmente disfruto de cada travesía es de la compañía. Hasta hace unos años viajaba casi en exclusiva en pareja pero, aunque disfrutaba muchísimo, él no podía acompañarme en todas mis aventuras y al final terminaba cancelando planes. No era una cuestión de no querer viajar con nadie más, pero sentía que nos complementábamos tan bien que no me planteaba organizar una ruta sin él.

Pero (¡y benditos cambios de mente!) organicé un primer viaje con mi hermano. Que sí, que un hermano es familia, pero en mi caso mi hermano es mucho más y es uno de mis mejores amigos.

Nuestro primer destino fue Budapest y, no sólo disfruté de la ciudad con una visión diferente (era mi segunda vez en la capital Húngara), también conocí a algunos de sus amigos y tuvimos experiencias geniales como cenas en sitios locales que sólo alguien que vive allí conoce con cientos de risas o un baño en las termas muy divertido.

 

Hasta hace un año, me consideraba una persona con buenas amistades pero pensaba que un número elevado de amigos no era posible y únicamente contaba como amistad a aquellos que me conocían desde hacía décadas.

Poco a poco descubrí que estaba equivocada y que a mi alrededor tenía más buenos amigos que los que yo contaba con una sola mano. Que estaba rodeada de gente con los que podía ser yo misma y decir mi opinión sin miedo a que eso afectase a mi relación con ellos, que el tiempo que llevábamos conociéndonos no influía en que la amistad pudiese ser «intensa» (en el mejor sentido de la palabra) y que entre nosotros no existían exigencias, sino admiración mutua y ganas de vivir (que es lo que realmente hace falta en esta vida).

También aprendí que la distancia y el tiempo no es un problema real. No, no puedo disfrutar a diario de la compañía, de salir a dar un paseo, de los abrazos, de los buenos momentos pero me dí cuenta de que cuando llega el reencuentro, esta sensación se multiplica y se disfruta mucho más.

Y aquí llegó mi epifanía. Mucha gente me decía que organizar un viaje con una persona con la que, a priori, no tengo tanto tiempo a las espaldas de relación quizás no saldría bien. Que convivir 24 horas podría estropear nuestra amistad. Pero señores, yo soy el pez que nada a contracorriente y me pareció que, en este caso, sería un lazo de unión muy fuerte y que, por muy mal que pudiera salir, al final era una vivencia más a las espaldas.

Así fue como me embarqué en una ruta por Praga y París con mi primo Adrián (que en este caso es más un amigo) y no sólo fue genial, también aprendí mucho de mi compañero. Comprendí que complementarse no es algo únicamente de pareja y, mientras yo era la que organizaba los planes en la ciudad, mi primo buscaba qué podíamos hacer en los alrededores, planeando una excursión a Terezín que me aportó mucho a nivel personal.

Este año, y viendo que la experiencia fue preciosa, y que nos reímos como niños pequeños durante nuestros días juntos, organizamos una ruta por Burdeos y París (es lo bueno de que él viva en la ciudad del amor). Tengo que reconocer que fue uno de los viajes más accidentados de mi vida pero no sólo nos ayudó a saber gestionar situaciones en las que creíamos que nos quedaríamos tirados en mitad de una ciudad, sino que nos unió mucho más como familia y amigos.

Pero ¿para qué conformarse con eso? en Marzo recibí la propuesta de viajar con dos chicas que no conocía salvo de redes sociales y allí me planté. Un mes recorriendo Centroamérica con dos personas de las que no sabía nada más que sus nombres. Realmente es uno de los viajes que más crecimiento personal me ha aportado, no quizás en el mismo momento porque asimilar conocimientos lleva su tiempo.

Teresa y María José son dos chicas de armas tomar que me enseñaron a ser más valiente, a valorarme más como mujer tanto a la hora de viajar como en la vida en general. A ser más agradecida, a darme cuenta de algunas de las virtudes que hasta ese momento desconocía de mi. Gracias a ellas puedo decir que he buceado la segunda barrera de coral más grande del mundo, que me he lanzado en la tirolina más alta de Centroamérica o que he celebrado mi cumpleaños en un avión mientras todos los pasajeros me aplaudían porque a ellas se les ocurrió pedir que lo anunciasen por megafonía.

Sintiéndome valiente ya en esto de viajar con amistades en Diciembre crucé al país vecino y recorrí las calles de Oporto de la mano de Bea, mi compañera de facultad. Creo que ha sido el viaje más sencillo y ¿cómo encontrar la palabra perfecta? mágico quizás, porque ella es dulzura y comprensión con un toque de magia que pocas personas tienen. En este viaje no había prisas, únicamente ganas de guardar cada detalle, de hacerlo más bonito aún. Y así fue. Algunas de las fotografías más bonitas que tengo las tomamos en Oporto y sé que cualquier futuro viaje juntas superará a este.

 

Enero sirvió para reencontrarme con otra de mis compañeras de estudios. Alba, con la que me crucé Europa para llegar a una Bulgaria congelada pero que nos enamoró. Alba es tan organizada como yo a la hora de viajar y juntas planeábamos cada detalle, leíamos información y marcábamos la ruta en el mapa cada día. Nos escuchábamos y decidíamos juntas qué comer, qué horarios establecer, qué visitar.. De ella me llevo momentos de risas y confidencias, de heladas y de estar en uno de los sitios más bonitos del planeta con una de las personas más bonitas del planeta.

Así que meses después no pude evitar volver a Francia con mi prima y amiga Cristina. A la que llevaba sin ver desde que éramos niñas. De nuevo tuve que escuchar comentarios que aún no llego a entender por qué se hacen. Que qué pasaría si no salía bien o que qué hacíamos viajando si llevábamos tanto tiempo sin vernos.

Quizás como viaje cultural no ha sido el más fácil ni el mejor pero si nos hizo aprender a ser más resolutivas y valientes (sobre todo esto último). Para empezar nos cancelaron el vuelo de ida en el último minuto, y vivimos los atentados de Carcassone in situ. A pesar de ese handicap, ha sido uno de los viajes que mejor recordaré porque Cristina es un trocito de cielo hecho persona. Francia me hizo ganar a «mi persona» y recorrer las ciudades con ella es uno de los tesoros que me llevo conmigo.

 

De cada viaje, de cada persona que me ha acompañado he aprendido mucho. Paciencia, respeto, comprensión, valentía, fortaleza,ganas de más.

Por eso ya estoy planeando nuevos viajes con personas con las que el resto del mundo no entendería, con amistades de toda la vida, sí, pero también con algunas de pocos meses, porque en esta vida no sólo hay que ser valiente con el miedo al avión o a ese país tan exótico. También hay que dejar atrás la estrechez de mente y disfrutar de las nuevas compañías y sobre todo aprender de ellas y de nosotros mismos. 

Y a vosotros, a mis compañeros de viajes y vida que nombro aquí (y a los que me acompañarán próximamente), gracias por cada momento porque habéis hecho mi vida más feliz e interesante y a mí mejor persona.

 

 

 

 

4 Comments
  1. Me encantó tu relato Tatiana y me alegro que descubrieras tanta gente linda en el camino de los viajes y sigas disfrutando de lo que te gusta hacer. Nos vemos en el camino.

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