Si tuviera que definir Perú con una sola palabra no sería con un adjetivo, es muy difícil encontrar una palabra que defina un país con tanto por ofrecer y mucho más por descubrir. Si tuviera que dedicar una sola palabra, cualquiera del diccionario a lo que Perú me ha aportado, sin duda sería gracias.

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Descubrir Perú es como poner la mente a un lado y vivir ausente del uno mismo que creías ser. Es dejar de tomarse la vida tan en serio y rendirse a los caprichos de una vida nueva que ansías, al sabor de los silencios (que aquí por alguna razón son tan necesarios), al olor del sonido, al tiempo suspendido..  

Es disfrutar de pequeñas cosas que antes ni apreciabas,como el fluir del agua, que se vuelve omnipresente y tan necesaria y que te alegra al verla cruzar calles (como si fueras un ciudadano nazqueño más que lleva meses esperando este momento), es el sentir de la vida, como un susurro que calma y arrulla la mente y te hace insaciable de más, ya sea de aventuras o de unos minutos extras en esa ciudad que quizás no volverás a pisar de nuevo con tus pies pero sí con tu recuerdo.

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Es el aura que envuelve lo cotidiano, esa tradición que se niega a abandonar a una cultura que la necesita, es el olor a muña, a leña y a choclo recién tostado; es el sabor de los metros sobre el nivel del mar en tus labios a cada sorbo de mate de coca y el polvo en el aire al respirar.

Es notar el viento, que se estira o arremolina tal y como hace el río, que sopla en los delicados hilos de pelo de alpaca, que arrulla el plumaje de las aves salvajes y que canta en tu ventana, secuestrando la melodía de una odisea que no desaparecerá en el olvido. Es el batir las alas de los cóndores, que cada mañana alza el vuelo, dándote una lección: «No importa lo que te rodea, no importa el viento que hoy sopla, aquí está de nuevo el sol así que vuela, vuela alto». 

Es el miedo a encontrarte contigo mismo, es aquí donde comprobarás si eres tan débil o tan fuerte como pensabas, y quizás te sorprendas cuando compruebes que tu melena sobrevive a muchos más cortes que los que Sansón pudo resistir.

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Por tantas sensaciones, me niego a pensar que esa llamada interior que desde pequeña me llamaba a contemplar este país sea casualidad, sino que era algo necesario para sentirme más agradecida con la vida, para inundarme de la paz y serenidad que sientes al contemplar Machu Picchu por encima de las nubes.

Y, aunque mi espíritu viajero seguirá al acecho de nuevos destinos, de diferentes experiencias y de buscar más contrastes con los que crecer, ese silencio me llevará de nuevo a Perú; a esa persona fuerte que he descubierto ser, a sentirme más poderosa que las mismas montañas. Por todo ello, gracias Perú, gracias Pacha Mama.

 

 

 

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