Brilla el sol entre los hierros del puente de Don Luis I, al mismo tiempo que empiezan a caer algunas gotas, mojando los cristales de un tren que nos llevará a un destino que nos enamora con sólo pensarlo. A una hora y quince minutos de Oporto, se encuentra Aveiro, una de las ciudades más interesantes de Portugal, no sólo por sus canales, sino también por su enorme colorido. No hay lluvia que nos estropee el día, hoy nos escapamos a conocer la Venecia del país luso.

 

Es muy temprano aún, el tren va casi vacío y en silencio. Algunas caras muestran tristeza al ver que el día vuelve a estar nublado. Otros vamos con cara de ilusión, «aunque no salga el sol, mientras no llueva soy feliz».

El sueño inunda el espacio pero el olor a chocolate caliente y a croisants recién hechos que hemos comprado como desayuno rápido ayuda a desperezarse. Si hay algo que Bea y yo teníamos claro era que no importaba el tiempo que hiciese, Aveiro era una parada obligatoria en nuestra pequeña escapada portuguesa. Habíamos visto muchísimas fotos en Instagram y nuestras ganas por visitar esta ciudad sólo iban en aumento con cada nueva instantánea.

El día comienza con un buen madrugón, y una ducha para activarnos. Nos abrigamos bastante y pedimos un Uber en dirección a la estación de trenes de San Bento. El día anterior preguntamos y nos recomendaron comprar los billetes en el momento. Cuando por fin los conseguimos, decidimos comprar algo para desayunar (de verdad, si vais a Oporto tenéis que probar los croissants de mantequilla con chocolate caliente, no podréis dejar de comerlos).

En el trayecto, de aproximadamente una hora y media de duración, terminamos de leer algo más acerca de nuestro destino entre cabezadas y música compartida (¡qué suerte es viajar con alguien con tantas cosas en común contigo!)

Debido a su cercanía, Aveiro es una parada inevitable para aquellos que se acercan a descubrir Oporto. Llegamos a la estación de trenes de Aveiro (de nuevo bañada en azulejos en tonos azules) y decidimos que iremos directas a Costa Nova. El día sigue nublado, pero preferimos arriesgar y empezar por la zona más alejada para así no quedarnos sin tiempo.

La estación de trenes es un reflejo más de Portugal. Puede que a muchos les parezca decadente y dejada, pero a nosotras nos enamoró justo eso mismo. Daba igual que el fondo gris del cielo encapotado no acompañase demasiado, ambas sacamos la cámara y empezamos a retratar ese contraste de azules y blancos que ya el día anterior nos conquistó en Oporto.

 

Con la decisión tomada de que nos acercaríamos a Costa Nova, empezamos a buscar medio de transporte.

Para llegar a Costa Nova podréis tomar el bus (aunque en nuestro caso acababa de marcharse y no queríamos esperar) o pedir un taxi. Nos decantamos por esta opción ya que no queríamos perder ni un minuto en llegar a nuestro destino. 

Quién lo diría: Costa Nova es un pequeño oasis. Una de las grandes sorpresas de nuestro viaje. Allá donde esperábamos calles abarrotadas a gente esperando a hacerse la fotografía perfecta, griterío y bastante bullicio, encontramos una calma total. De fondo sólo se escuchan a los pájaros cantar (y alguna que otra gaviota) y el viento acercando la brisa marina. ¡Somos afortunadas! ¡Tenemos ante nosotras un paraíso de colores! ¿Y casi en exclusiva para nosotras dos!

 

Ante nuestros ojos decenas y decenas de casas de madera colorean el paisaje. Rojos, verdes, amarillos y azules por doquier. Si existe el arcoiris marítimo es este. Sin duda. 

Pero al parecer no siempre fue así. Hasta hace unos años era una zona deshabitada y sin nada alrededor. únicamente la arena de las playas y el azul del océano. La zona de San Jacinto se vió afectada en la pesca debido a la construcción del puerto de Aveiro, por lo que la gente del mar tuvieron que desplazarse y «emigrar» al sur.

Allí, en la actual Costa Nova del Prado levantaron los palheiros, unos pajares de madera donde los pescadores guardaban sus útiles de pesca.

Con el paso del tiempo comenzaron a pintar estas pequeñas casetas con líneas horizontales en blanco y rojo (tal y como pasa en Burano) para ubicar a los pescadores en días de niebla; pero poco a poco comenzaron a transformarse en casas de veraneo y, para distinguirlas de las casetas de pescadores, los burgueses cambiaron los colores de sus fachadas por otros como el amarillo, el verde o el azul.

Es cierto que no brilla el sol, pero ¿quién lo necesita cuando se vive entre colores tan vivos y optimistas? Desconozco si todo esto fue azar o una decisión premeditada, pero Costa Nova es actualmente uno de los símbolos de la costa portuguesa precisamente gracias a esto.

 

Y como Costa Nova es mucho más que casitas de colores, decidimos acercarnos a pasear por la orilla del océano. Un lujo porque, a pesar de ser un día nuboso, la temperatura es ideal (incluso empiezan a sobrarnos los abrigos).

Apenas hay gente, tenemos de nuevo una playa prácticamente para nosotras solas, el océano delante y la paz y calma total, rompiéndose únicamente con el sonido de las olas.

Habíamos leído que los días de viento es bastante molesto estar en esta zona ya que, al encontrarnos ante el Atlántico, sin nada que nos proteja o resguarde, cuando sopla lo hace con fuerza; pero en nuestro caso no fue así. Es la hora de comer y el paseo nos ha abierto el apetito, así que nos acercamos a los puestos de la zona pero los precios son un poco altos y decidimos tomar el bus y comer en Aveiro, no sin antes tomar las últimas fotografías llenas de color.

El paseo se hace largo, y más con tanta hambre y, lo peor, cuando llegamos a Aveiro no hay mucho restaurante abierto donde elegir. En Portugal comen prontito (ya lo comprobamos ayer) así que, aunque no es nada típico, acabamos comiendo en un restaurante oriental.

Y ahora sí. ¡vamos a recorrer Aveiro! ¿Y qué mejor forma de hacerlo que en góndola? Puede parecer algo turístico, pero cuando sólo tienes unas horas hay que economizar el tiempo y descubrir la ciudad desde el agua nos parece increíble.

Aunque antes de empezar, una corrección. Estos pequeños barquitos no son realmente góndolas, son moliceiros y, a diferencia de las embarcaciones venecianas, éstas funcionan a motor. El precio del paseo son 10€ por persona, pero el chico nos hizo una rebaja de 5€ por las dos, así que no pudimos resistirnos.

Empieza la navegación y con ella los detalles sobre la ciudad y sus características; por ejemplo, a estas barquitas se las conoce por este nombre ya que eran las que se utilizaban para recoger y transportar el moliço, un alga de la zona que servía como abono en las zonas de cultivo. Además, muchos de estos moliceiros están decorados con escenas humorísticas con connotaciones sexuales.

Aunque no todas son así, la mayoría tiene las proas y popas adornadas con ilustraciones que reflejan (siempre con humor) el día a día, las profesiones típicas del país o incluso tocan temas religiosos. De nuevo, como pasaba en Costa Nova, el color es súper importante y los azúles, amarillos, verdes, rojos, negros y blancos nos rodearán.

 

En el recorrido, que dura 45 minutos, atravesamos el Canal Central y el de San Roque hasta los antiguos almacenes de sal; además del Canal do Cojo, donde se sitúa la antigua fábrica de cerámica Jeronymo Pereira Campos, un edificio construido en arcilla roja que actualmente es el Palacio de Congresos de la ciudad.

Pero no serán las únicas vistas que tendremos, también pudimos contemplar la fachada del Museu Cidade de Aveiro, un edificio con tocas art nouveau, como toda la calle João Mendonça (donde se encuentran todas las tiendas de souvenirs).

Una de las cosas que más llamó nuestra atención durante el paseo fue el Ponte dos Laços. Mientras en París o Roma encontramos puentes donde sellar el amor eterno, aquí se sella con un lazo la amistad. Estos lazos son de infinidad de colores y suelen tener escritos los nombres de las personas que los anudan.

 

Cuando el paseo termina ya es casi de noche, así que decidimos volver a la estación de trenes para volver a Oporto. Empieza a hacer frío y Bea me está contagiando la gripe. Queremos volver a nuestro apartamento a jugar al futbolín, ver series y estar calentitas en la cama. En esta ocasión vamos caminando y aprovechamos para merendar algo en la misma estación. Cuando llegamos a Oporto está lloviendo, así que descansamos para reponer fuerzas para mañana.

¿Merece la pena visitar Aveiro y Costa Nova? Tengo que decir que antes de nuestra visita leímos bastante sobre el tema (aunque teníamos decidido que haríamos una parada aquí sí o sí) y muchos blogs opinaban que la ciudad en sí no es para tanto y que no entienden por qué se la compara con Venecia. Aunque también leímos mucho sobre aquellos que la disfrutaron y volverían.

Siempre lo digo y siempre lo diré, viajar con unas expectativas hechas o comparando no sirve más que para llevarse decepciones. Vivimos en una época en la que las imágenes que nos muestran las agencias de viajes tienen infinidad de photoshop, en la que las imágenes de Instagram se retocan con mil filtros hasta cambiar el color real y convertir ese destino en otro muy diferente.

Por eso, viajar con la mente abierta a aquello que ese lugar tiene para ofrecernos y vivirlo tal cual se nos muestra es la única manera de disfrutarlo. Obviamente Aveiro no es Venecia, pero es que para disfrutar de los canales venecianos deberemos viajar a Italia y no a Portugal.

Nosotras volvimos maravilladas con Costa Nova, creo que si hubiéramos tenido más tiempo, habríamos hecho muchas más fotografías, hubiéramos parado en más casas y habríamos sonreído más aún. El paseo en moliceiro lo guardo como un recuerdo precioso, mezcla de todo lo que vimos, de la puesta de sol que disfrutamos y de poder vivir algo así con una persona tan maravillosa como Bea.

Así que, para los que dudáis ¡obvio que merece la pena visitar esta pequeña zona de Portugal! ¡Os espero mañana para seguir recorriendo Oporto con nosotras!

Muchas gracias por leerme.

 

 

 

 

 

 

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