¡Qué bonita es Mallorca! Y más si, aunque sólo dispones de dos días, la descubres de la mano de gente tan especial. Mallorca son los azules de sus aguas, pero también los verdes y amarillos de sus montañas y de sus zonas más áridas. Es una arquitectura que te maravilla y una gastronomía de las ricas, ricas (y más si tienes la suerte de comer fruta de temporada y recién cogida). Sólo necesitas unas horas para enamorarte de ella.. así que ¿a qué esperamos?

 

Casi recién aterrizada de un viaje exprés a Mallorca escribo estas líneas; una entrada algo diferente porque, aunque compartiré mi ruta, esta vez escribo como agradecimiento más que como información para aquellos que me leéis (aunque estoy segura de que sacaréis mucha inspiración para una escapada similar).

Hace tiempo aprendí que el secreto de sentirse mejor con uno mismo y con los que nos rodean es ser agradecido. Agradecer cuando las cosas que hemos planeado salen tal cual esperábamos, sí; pero también agradecer todo aquello que sucede de extraordinario en nuestro día a día (sea al azar o por la intervención de alguien de nuestro alrededor) y por aquellas cosas que normalmente no apreciamos, que no vienen marcadas por grandes acontecimientos pero que son las que nos hacen ser realmente felices y nos ayudan a mantener una actitud mentalmente sana.

Normalmente disfruto el verano en Formentera, vivo aquí desde hace varios años y no siento necesidad de marcharme de mi pequeña islita porque, aunque es un espacio muy reducido, aquí tengo todo lo que necesito y me siento en paz. Disfruto de acoger a mi familia y amigos en casa, del mar, de los ratitos de lectura en la playa, de las cenas y comidas, de la vida que he creado aquí. Aunque, siendo sincera, este año me vi un poco abrumada a finales de Agosto y mi cuerpo y mente necesitaban un poquito más que los 20 kilómetros que me ofrece mi isla.

Y aquí es donde llega mi salvador, mi ángel de la guardia, mi (valga la redundancia) gran amigo Ángel, que me ofreció una escapada de las que recargan pilas a tope y te muestran pinceladas de lo más bonito de un nuevo lugar.

Y después de esta reflexión / confesión os dejo con mi viaje sanador, estoy segura de que os gustará tanto como a mi:

Mi vuelo salía desde Ibiza a media tarde, a las 17:15 con la compañía AirEuropa. Hasta hace poco tenía pánico a volar..

.. pero con estas vistas no hay miedos que acechen y recuerdas lo afortunada que eres de vivir en el paraíso. ¿A qué los barcos parecen estrellas fugaces en el cielo?

Nada más llegar a Mallorca, Ángel me esperaba en el aeropuerto con un plan estupendo: tomar algo en la zona de Portixol y pasear viendo caer al sol. Elegimos el restaurante Cocco, donde pudimos disfrutar de unos zumos riquísimos.

La puesta de sol es todo un espectáculo. Desde el paseo marítimo podemos observar a las familias que aún están en la playa y algún que otro bañista disfrutando de los últimos minutos de luz; abuelos y nietos preparando sus cañas de pescar para lanzarlas al agua, ¡incluso un flashmob de swing!

Son casi las 9 de la noche y tenemos reserva para cenar. Voy rumbo a lo desconocido totalmente, Ángel se ha encargado de organizar todo y sólo sé que el sitio me encantará. (Y conociéndole, es un hecho). Cuando llegamos no tengo más que dar unos pasos para saber que ha dado en el clavo.

En la zona de Sacabaneta, en Marratxí hay una pequeña pizzería con una terraza preciosa. El lugar no puede ser más de cuento, pero además la cena nos encantó (siendo sinceros el primer plato no tanto, pero el resto genial).

Compartimos unas flores de calabacín con ensalada, pasta con frutos del mar y una pizza parmiggiana.

 

Terminamos el día con Mallorca a nuestros pies totalmente iluminada, desde el Mirador de Na Burguesa podíamos ver cada detalle de la ciudad, los cruceros flotando en el mar, las estrellas..

Nuestro segundo día comienza bien temprano, preparamos los bolsos y nos dirigimos a la zona de Llucmajor, donde hay una pequeña calita impresionante. Somos casi los primeros en llegar y tenemos todo el mar para nosotros así que cogemos las gafas y ¡al agua!.

Si os digo que a nuestro alrededor hay unos 300 peces quizás me quede corta. Como os decía, vivo en Formentera y estoy acostumbrada a estar rodeada de pececitos, pero creo que es la primera vez que nado con tal cantidad rodeándome. Es inevitable sentirse como una sirena.

Tras este chapuzón matutino y activarnos, es hora de desayunar. Cuál es mi sorpresa cuando Ángel saca un auténtico festín: las últimas cerezas de la temporada, melón con jamón y uvas recién cogidas de su casa con queso..

¡si esto no es el paraíso, se le parece muchísimo!

Volvemos al agua para dar los últimos aleteos y para refrescarnos, y volvemos a casa para cambiarnos de ropa porque llegó el momento de recorrer la parte más monumental de Palma.

¿Os acordáis de que tuve un accidente en moto y las evitaba a toda costa? Pues hoy recorremos el centro de la ciudad en moto, y no puede parecerme mejor forma de hacerlo. Nos acercamos a la Catedral, a Es Baluard (el antiguo baluarde defensivo de la ciudad), al paseo marítimo y a callejear por el corazón de Palma.

 

Dejamos la moto y callejeamos un poquito, paseando por calles preciosas y pastelerías que te invitan a entrar y a pecar.

También pasamos ante el ayuntamiento donde hay detalles escondidos, como un pequeño caracol cerca de una de las puertas.

Y justo antes de comer hacemos un stop para refrescarnos y saludar a mi amiga Tilaï y elegimos un sitio de los típicos, típicos de la isla: Can Joan de S’Aigo, una heladería que lleva abierta desde el siglo XVIII (cuando aún ni existían los congeladores y era necesario subir a las montañas y bajar el hielo para mantener el helado fresco), tiempo después se especializó en ensaimadas y chocolate con churros calientes.

Os recomiendo muy mucho el helado de albaricoque y la ensaimada de chocolate.

Para comer nos acercamos a un mesón mallorquín de los de toda la vida, en un espacio decorado con los barriles gigantes de vino y carteles de las antiguas corridas de toros. Un local  que conserva toda su esencia rústica y, lo mejor, con un buen menú y a un precio mejor. El sitio se llama Celler Sa Premsa y es uno de los restaurantes preferidos de foráneos como de turistas. Nosotros comimos un gazpachito, fideuá y postre por 10,75 cada uno. De postre os recomiendo el tocino de queso, es una auténtica delicia. 

 

Tras una pequeña siesta en casa conducimos a un enclave precioso, Son Serra de Marina, al norte de Mallorca, en la zona de Santa Margalida, disfrutando de las vistas: zonas de un verde intenso, pequeños pueblitos y zonas áridas con la paja envuelta. Son Serra de Marina no es una playa muy concurrida para los bañistas pero sí que se puede encontrar a amantes del surf y deportes acuáticos ya que suele haber bastante oleaje.

Las horas se pasan entre baños, jugar a las palas, buscar ojos de Santa Lucía y dar paseos y, sobre todo, merendar frutita fresca, en este caso una sandía exquisita.

La puesta de sol es alucinante. El cielo tiene el arcoiris completo y la arena y el mar crean un contraste mágico. No sé si es producto de mi felicidad o es tan ideal como yo lo vivo, pero en ese momento no hubiese cambiado absolutamente nada.

Terminamos nuestro día cenando en el restaurante El Sol, justo al lado del mar. Una cena maravillosa en la que pedimos ceviche (ambos somos enamorados de Perú y su gastronomía) una hamburguesa vegetariana y otra normal y una tarta de queso de postre. Al día siguiente, justo antes de tomar mi vuelo de vuelta a casa aprovechamos para hacer una sesión de yoga y desayunar frutita de nuevo.

 

 

En estos dos días en la isla he vuelto a disfrutar de descubrir que el agua puede ser tan cristalina que ni siquiera necesitas sumergirte para disfrutar del fondo marino (pero que estás deseando zambullirte a nadar como si fueras un pez más), de buscar conchitas y «ojos de Santa Lucía» en la orilla del mar mientras el sol cae, de pasear en moto por el centro de la ciudad, de desayunos junto al mediterráneo, de cenas en parajes preciosos, de la amistad, de la buena compañía, de la paz y la serenidad y, sobre todo, de la felicidad.

Aunque esta entrada es una excusa también para enseñaros lo bonita que es Palma, también es mi forma de reflexionar y agradecer cada momento vivido y que me hizo sentirme tan cuidada y mimada.

Una vez leí (bajo la tinta de Isabel Allende) que la felicidad que vivimos deriva del amor que damos. Recuerdo que compartí hace años esa frase en Facebook y mucha gente no estaba de acuerdo, ya que entendían ese amor únicamente como el amor romántico a tu pareja; para mí va mucho más allá e incluye el amor a nuestra familia, amigos y gente que nos rodea (incluso el amor propio).

Que tu amigo compre fruta fresca y prepare un desayuno en una cala preciosa, o piense qué restaurante puede gustarte más y planee todo al detalle es amor, es gratitud, tener en tu vida a gente así es lo más bonito que puedes vivir, así que por todo eso #graciasvida. 

MIL GRACIAS ÁNGEL.

Y vosotros ¿tenéis a alguien así en vuestra vida? ¿Habéis dado las gracias hoy por todo lo maravilloso que nos pasa? Espero con toda mi alma que las fotografías y el texto de hoy os inspiren a reflexionar en todas esas oportunidades que vivimos y que nos hacen sacar una sonrisa y así terminar la semana con un toque más.. ¡feliz! 

 

 

 

 

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