Creo que desde que conté que visitaríamos Toronto, la frase más repetida por amigos y familiares ha sido: “Si te subes a la torre más alta vas a ver Torontontero”, o cualquier variante del chiste. Vale, eso y el frío que íbamos a pasar. Pero lo cierto es que la ciudad es mucho más, barrios con encanto, una arquitectura impresionante, calles limpias y gente extremadamente amable. Hoy por fin salimos a descubrir la ciudad, y las primeras impresiones son inmejorables.

 

Que sí, que Toronto es una ciudad donde se pasa frío y que quizás Noviembre no es la mejor época para visitarla (y menos cuando las temperaturas normalmente son mucho más bajas) pero cuando empezamos a planear el viaje incluimos Canadá en nuestra ruta y nadie nos hubiera hecho cambiar de parecer.

Toronto es una ciudad muy fácil de visitar, con puntos de interés repartidos a lo largo de toda la ciudad y un “rollo” que se capta desde el primer momento y te transmite positivismo y ganas de comerte la ciudad.

Aunque mis expectativas de la ciudad no eran demasiado altas, el primer contacto ha sido muy positivo y el frío ha quedado en un segundo plano.

¡Toronto merece la pena! Y hoy la descubriremos.

Empezamos el día acercándonos a Chinatown, uno de los barrios más famosos de la ciudad. Realmente es una gran calle llena de restaurantes, alguna que otra tienda y centros comerciales chinos.

El principio y fin de Chinatown vienen marcados por unas columnas con dragones rojos, aunque a lo largo de la avenida encontraremos alguna que otra columna más con otros motivos decorativos.

 

Las calles que acogen este distrito son principalmente Dundas y Spadina street y, aunque no es una zona especialmente bonita, sí que llaman la atención por su gastronomía y por ser uno de los puntos de acceso al gran barrio hipster de la ciudad (y, me atrevería a decir, que uno de los más chulos del mundo) Kensington Market.

Si Chinatown estaba bien delimitada por sus dragones, aquí son los graffitis los que nos dan la bienvenida.

 

En apenas cinco o seis manzanas de amplitud, nos adentramos en una ciudad diferente donde las franquicias no tienen espacio y la vida parece llevar otro ritmo, otro sabor y, fundamentalmente, otra tonalidad.

La globalización parece no haber llegado aún a Kensington Market, por lo que pasear por esta zona es descubrir una gran cantidad de tiendas vintage, pequeños cafés ecológicos y una gran variedad de restaurantes (muchos veganos) con una decoración tan tan diferente y rompedora y, a la vez, tan “in” que desearéis que sea la hora de comer para probarlos todos.

Sus casas victorianas con pequeños jardines delante y ventanales en las buhardillas sin rascacielos a la vista, y el colorido que llena el espacio os terminarán de conquistar. Pasear es encontrar graffitis y dibujos sobre cualquier superficie (murales, coches, bicicletas..), de hecho, la ciudad legalizó hace unos años esta disciplina con el fin de promover el arte urbano.

La pena en nuestro caso fue que la lluvia no nos permitió disfrutarlo al 100% y nos quedamos con ganas de más, pero aún así nos encantó.

Desde aquí caminamos atravesando la Universidad de Toronto, la más importante del país.

En pocos minutos hemos alcanzado nuestro siguiente destino, una de las principales referencias culturales de la ciudad y una auténtica obra de arte arquitectónica: el Royal Ontario Museum. Es, con seguridad, el museo más importante de Toronto.

Su exterior, un prisma de cristales, le hace ser uno de los edificios más buscados; realmente merece la pena visitarlo aunque no vayas a entrar (como era nuestro caso). Para los que tengáis algo más de tiempo que nosotras y os apetezca recorrerlo, os gustará saber que es el quinto museo más grande de América del Norte y que en su interior encontraréis una  importante colección de dinosaurios, arte africano, historia de Canadá y exposiciones temporales (durante nuestra visita la exposición trataba de moda).

Aunque nuestra idea inicial era coger un Uber para acercarnos al antiguo ayuntamiento, ha dejado de llover y somos chicas a las que les gusta caminar, así que deshacemos nuestros pasos caminando bajo los rascacielos y las banderas canadienses hasta que encontramos un restaurante que nos llama la atención.

Es la una y media y ya vamos notando el hambre, así que casi sin pensarlo mucho entramos en un local precioso, con una decoración tan original que era imposible no entrar, Nando’s.

 

El sitio está repleto de colorido, de abalorios y azulejos de colores que transmiten buen rollo. Su carta se basa en ensaladas, varios entrantes con pintaza y pollo y sándwiches tanto vegetales como de pollo. En cada plato podéis elegir el grado de picante que queréis para vuestra comida (un consejo, el grado medio pica bastante, y os lo dice una experta en picante, así que si no sois muy fans, elegid el grado más bajo).

Desde aquí vamos caminando a una de las paradas que más ilusión nos hacia del día, Nathan Square y el Old City Hall.

Esta plaza es una gran reclamo ya que aquí se encuentran las famosas letras de Toronto y la hoja que representa al país. Las letras cambian cada pocos minutos de color y, aunque cuesta un poquito, puedes subirte a la hojita y sacarte una de las mejores fotografías del viaje.

 

El antiguo ayuntamiento es otro imprescindible, fue construido en 1889 y, sin duda, es uno de los edificios más bonitos de la ciudad.

Ahora es el turno del distrito financiero, en pleno centro de la ciudad y uno de los lugares por el que pasaremos sí o sí por su ubicación.

Aquí se encuentran los edificios más altos y modernos de la ciudad, casi todos de grandes bancos, consultoras y hoteles de lujo y el mercado de valores.

En esta zona es inevitable sentirse pequeño, mirar al cielo es ver edificios que parecen no terminar nunca.

Antes de nuestra última parada nos acercamos al paseo de la fama, pensando que sería una calle similar al paseo de las estrellas de Hollywood, aunque al llegar sentimos una enorme decepción, porque el glamour no aparece por ningún sitio y, donde esperábamos encontrar un suelo perfectamente iluminado con baldosas increíbles, encontramos una zona apenas sin luz y donde no se distingue nada. Únicamente tomé instantáneas del Circo del Sol y de Jim Carrey, ya que el resto apenas eran conocidos.

Y ya si, la última parada es para contemplar de nuevo la CN Tower. Aunque nos hubiera gustado subir para contemplar las vistas desde el punto más alto de la ciudad, el elevado precio hizo que lo descartásemos y únicamente disfrutáramos de ella desde abajo.

Volvemos al apartamento donde cenamos y nos acostamos prontito, mañana es el plato fuerte de la semana; mañana conoceremos las Cataratas del Niágara.

Espero que os esté gustando nuestra ruta, ¡muchas gracias por seguirnos!

 

 

 

 

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