Llegamos a Valladolid y hoy, por fin, nos adentramos una de las maravillas naturales que se encuentran en México: los cenotes, pero también descubrimos la rica gastronomía mexicana y que Valladolid es una ciudad con un encanto especial en cada uno de sus rincones y de su amable gente.

 

El «maravilloso» (léase con ironía) hotel de Cancún no ha sido el remanso de paz que esperábamos. Durante la noche tuvimos que llamar la atención un par de veces a nuestros vecinos ya que eran súper ruidosos y, al llegar la mañana, igual. Nuestra suerte fue que, al estar tan cansadas, no fue tan traumático.

Cuando suenan los despertadores ya llevamos un ratito despiertas, así que tras pasar por «chapa y pintura» y recolocar las mochilas, nos dirigimos a la estación de autobuses. Como el desayuno no estaba incluido en la estancia, compramos unos sándwiches, cafés y zumos y los billetes de autobús que nos llevarán a Valladolid. Los tickets cuestan 180 pesos por persona y la compañía es ADO. En su página web podréis encontrar todos los horarios, aunque casi cada hora sale un autobús rumbo a Valladolid con la empresa, por lo que es muy cómodo viajar con ellos.

El trayecto dura algo más de 2 horas y media, y salía desde Cancún a las 9 y media de la mañana. Sorprendentemente el trayecto fue muy cómodo; mi experiencia en Perú me hacía ir con miedo a la conducción en México y, por ahora, nada que ver.

Llegamos a la estación de autobuses de Valladolid pasadas las 12 de la mañana y, como el hotel está cerquita, decidimos ir caminando. Por un par de noches nuestro alojamiento es El Mesón de Marqués, un impresionante cinco estrellas ubicado en una antigua casa colonial.

No pudimos tener más suerte al elegir este alojamiento, además de ser precioso, el personal es muy atento. Las habitaciones son espaciosas y las camas muy cómodas. Además consta de piscina (aunque finalmente no la usamos) y el desayuno era inmejorable (os lo enseñaré en las próximas entradas).

Sin dudarlo, recomendaría este hotel. Su ubicación era excelente (justo frente a la plaza de la Catedral) y nos sentimos como en casa en él.

El check in no es hasta las 3 de la tarde, pero nos ofrecen un servicio de consigna gratuito para dejar las maletas y un baño para cambiarnos. Aunque nuestra idea inicial era recorrer la ciudad, nos da una alternativa que nos llama más la atención (además el calor en la calle es asfixiante y es casi imposible caminar sin achicharrarte).

El hotel ofrece una excursión para visitar el cenote Zahamal. El precio total por las tres era de 465 pesos e incluía la entrada al cenote, las taquillas para dejar las mochilas, los chalecos salvavidas (que son obligatorios en este cenote) y un buffet con comida típica de México.

Sin pensarlo, nos ponemos los bikinis, preparamos todo y pedimos al hotel que llamen a un taxi. Aquí es cuando tenemos la primera «discusión» del viaje porque, aunque la chica de recepción nos dijo que el trayecto costaba 25 pesos, el chico quiere cobrarnos 75 por el simple hecho de ser turistas. Tras unos minutos de pelear e intentar rebajar el precio, finalmente lo dejan en 50 pesos (más de lo que pedían, pero al menos más razonable).

El trayecto en taxi dura unos 10 minutos (en un taxi sin cinturones de seguridad), pero cuando llegamos se nos olvida todo. El cenote se encuentra en una hacienda o finca enorme. A nuestra llegada un enorme jardín de cactus nos da la bienvenida y ya nos enamora, pero estamos ansiosas y nos acercamos a echar un vistazo a lo que realmente nos interesa. Para nadar en el cenote es obligatorio usar el chaleco salvavidas, pero como antes queremos tomar algunas fotografías, nos dejan bajar con nuestra ropa.

 

El cenote es espectacular, creo que no encontraría las palabras adecuadas para describir las miles de tonalidades del agua (y eso que vivo en Formentera) y la paz y tranquilidad al escuchar el agua de la cascada caer, y el silencio porque sí, aunque parezca difícil de creer, ¡tenemos el cenote para nosotras solas!

Pero, para los despistados que aún no saben muy bien qué es, un cenote es un depósito de agua manantial con cierta profundidad. Su nombre proviene del vocablo maya tz’onot, que significa abismo o pozo.

Y, si como yo, os preguntáis cómo se han formado es a través del derrumbe de techo de una o más cuevas. La acumulación de las aguas subterráneas hace que se formasen estos estanques que varían en su profundidad. Además,cada cenote es diferente y podemos encontrarlos subterráneos, semiabiertos o totalmente abiertos, dependiendo de la edad de su estructura (normalmente los más antiguos están abiertos, mientras que los jóvenes mantienen la cúpula).

Estos cenotes eran lugares sagrados para los mayas ya que aquí realizaban sacrificios y rituales, aunque aún no se sabe muy bien cómo ese llevaban a cabo estas ceremonias.

A lo largo de la península de Yucatán se encuentran cientos de ellos (nosotras elegimos dos en Valladolid por falta de tiempo, quizás no los más famosos, pero preferíamos disfrutar de ellos sin tanto turismo) y se cree que muchos están conectados entre ellos y que tienen salida al mar.

Por último, en esta lección de ciencias naturales, algo que los hace mágicos, además de sus aguas y colores es la flora que los rodea, creando así un enclave totalmente mágico.

 

Volvemos para ponernos los bikinis y dejar todo arriba y ya sí, nos ponemos los chalecos y volvemos a bajar. No sé si serán las ganas, la emoción o que en una situación así nada te impide disfrutarlo, pero aunque el agua estaba fresquita, no te lo pensabas dos veces a la hora de zambullirte en él.

Chapoteamos un ratito, incluso nadamos hasta la cascada para dejar que el agua nos empape y, pese a lo miedosa que soy con estas cosas, una idea empieza a rondar mi cabeza: «salta al agua». En el cenote hay una zona de unos 4 o 5 metros de altura para saltar y sumergirse en esas maravillosas aguas.

Pues con todas mis ganas (y mi miedo) subo las escaleras y le pregunto al hombre cómo es la mejor forma para saltar: nariz tapada y el otro brazo agarrando el chaleco ¡1, 2, 3! ¡Allá voy!

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La sensación de adrenalina es brutal. Por un momento vuelas y, cuando menos te lo esperas, te sumerges no solo en un lugar centenario, también en lo valiente que has sido al dar ese salto al vacío y dejar atrás el lastre que no nos permite en nuestro día a día hacer más cosas así. Como dice Teresa: «podemos tenerle miedo a la muerte, pero NUNCA a la vida!. María José y Teresa al final se animan también y, con la tontería de grabarnos, las risas y las ganas, finalmente salté más de 10 veces.

Aprovechamos que seguimos solas (¡vaya regalo de la naturaleza para nuestros sentidos!) para hacernos alguna que otra fotografía más y nos marchamos al buffet para llenar el estómago.

Es la primera vez que comeremos comida mexicana en México.

Sé que normalmente los buffets no son los mejores sitios para degustar la gastronomía de un país, pero en este caso acertamos y pudimos probar una enorme variedad y muy rico todo.

Entre los variedad que había elegimos cochinita pibil y pollo pibil, un plato muy típico de la zona del Yucatán; los tamales, un plato a base de masa de maíz relleno de carne o verduras envuelto en una hoja de plátano.

Otro de los platos que no podíamos dejar de probar era la sopa de lima, una sopa que ya los mayas preparaban. Igual que la cochinita pibil, es muy típica de la zona yucateca y tiene un sabor fresco con un toque cítrico muy diferente. Además suele acompañarse con pollo, totopos, cilantro..

El resto de platos incluían ensaladas (probamos una con una salsa similar al yogurt agrio buenísima), plátano flameado, bastante variedad de carnes y, lo mejor, los postres.

Se podía elegir varios dulces similares al flan, fruta tropical fresca, gelatinas de frutas y un dulce mezcla de pudin y bizcocho. 

Nuestra idea era volver a bajar al cenote, pero cuando salimos del restaurante hay muchísima gente tanto en el cenote, esperando a bajar y en los vestuarios y preferimos quedarnos con la experiencia de disfrutarlo en soledad; así que volvemos a cambiarnos para volver a Valladolid. Tomar un taxi de vuelta no es tan sencillo como esperábamos, allí no hay ninguno y, aunque pedimos en el restaurante que si pueden llamar a uno, nos dicen que no. Salimos a la carretera a la espera de que pase uno y, cuando por fin llega, tiene gente dentro. Tenemos que montarnos 4 personas solo en la parte de atrás, más el conductor y el copiloto. El precio de la vuelta al hotel fueron de nuevo 50 pesos (aunque estamos seguras de que pagamos el trayecto de la familia mexicana que venía con nosotras).

Llegamos de nuevo a Valladolid y por fin podemos hacer el check in a la habitación y aprovechamos para descansar un ratito. Cuando salimos de nuevo, ya está atardeciendo. Cruzamos la plaza y parque de Francisco Cantón Rosado, que es el centro neurálgico de la ciudad. A mí me recordó a la plaza principal de Arequipa, el ambiente es muy parecido y la arquitectura tiene rasgos similares. Lo más importante de la plaza es su fuente central, con un monumento a la mestiza vallisoletana.

Justo frente a la plaza y nuestro hotel se encuentra la iglesia de San Servasio. En este caso, lo más significativo es su torre, que sujeta los cañones que sirvieron para recuperar la ciudad en 1848. Los indios rebeldes iniciaron la Guerra de Castas y, como recuerdo de su pasado, siguen conservando la torre. En la parte alta de la iglesia se encuentra un reloj que una familia de relojeros del lugar sigue cuidando para que se conserve en perfecto estado y las dos torres campanarios rematados con cruces labradas.

Hace unos años, la iglesia fue reconstruida debido al crimen de los alcaldes. Cuando fueron destituidos buscaron refugio en esta iglesia, el pueblo se levantó contra ellos asesinándolos en su interior. Para eliminar este suceso, el obispo ordenó derribarla y reconstruirla cambiando el altar y la entrada de posición.

Paseamos hasta el Convento de San Bernardino, disfrutando de los detalles de la decoración mexicana. En nuestra ruta encontramos varios esqueletos y calaveras mexicanas, cantinas y locales con carteles que invitan a probar el tequila y el mezcal y, sobre todo, mil colores en cada calle.

El Convento se San Bernardino fue fundado por los franciscanos recién llegados a Yucatán. En su interior aún se conservan vestigios que sirvieron en el proceso de evangelización de los mayas. El conjunto está formado por la iglesia, una capilla, el exconvento, un atrio y una huerta.

Volvemos a la plaza principal en busca de un lugar donde cenar. En el hotel nos habían recomendado Las Campanas y El Atrio, pero los precios en ambos nos parecen excesivos y, finalmente, terminamos en otro de la plaza que se convertiría en nuestro restaurante de cabecera, Restaurante La Cantina; que, además de tener un precio mucho más asequible, tenía unos platos exquisitos.

Volvemos al hotel y preparamos todo para mañana. En unas horas cumpliremos uno de nuestros sueños y tacharemos otra de las maravillas del mundo de nuestra lista. Chichen Itza nos espera.

¡Acompañadnos en nuestra próxima entrada si no queréis perderos nada!

 

 

 

 

 

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