Lo dicen las campanas de los templos, el viento en las palmeras: regresa a Mandalay, soldado inglés, regresa a Mandalay. Rudyard Kipling.

 

Mandalay es una gran región con pequeños territorios repletos de pagodas y de detalles mágicos que os hará daros cuenta de que tiene mucho por descubrir, aunque en un primer momento no pareciera así. A pesar de que Mandalay es una de las ciudades más abiertas al turismo y que más occidentales os pueda parecer, sigue conservando una vuelta al pasado en sus templos y en una pequeña ciudad, Inwa, que os atrapará desde el instante en que poséis vuestros pies en sus tierras. Mandalay,  una ciudad que parecía fea pero que nos enseñó que no hay que juzgar por primeras impresiones.

 

Con un nombre popularizado por George Orwell, Frank Sinatra, los Beatles o el propio casino de las Vegas, Mandalay Bay, Mandalay se levanta como una ciudad que sigue sonriendo dulcemente al turista, pero que está creciendo turísticamente a una velocidad vertiginosa.

Como cada día que viajamos, el despertador suena temprano. A las 8 de la mañana vendrían a recogernos, el día anterior habíamos dejado apalabradas las excursiones con el propio hotel así que nos arreglamos y desayunamos fuerte para el día que nos espera ( nodles, huevos, tostadas, arroz..) El precio que pagamos por el tour fueron 60.000 kyats (30.000 kyats por pareja) algo que nos pareció muy económico.

La primera parada es la pagoda Mahamuni, aunque antes hacemos un par de paradas; primero en un comercio donde tallan el mármol y podías ver Budas a escala 1:1 perfectos, y después otro comercio donde tallaban madera, allí había multitud de marionetas, algunas más altas que yo.

 

Maha Muni es uno de los tres principales centros de peregrinaje birmanos. Se encuentra casi en las afueras, donde se venera un Buda de casi dos mil años. La importancia de su imagen va más allá del país, ya que es una de las representaciones más importantes de Buda Gautama antes de alcanzar la iluminación. Se dice que es la única copia verdadera que existe realizada en vida del mismo Buda y tomándolo como modelo (aunque la arqueología sugiere que es de ochocientos años después de la existencia de Buda) La pagoda originalmente estaba situada en las afueras de Amarapura, pero al extenderse la ciudad de Mandalay, pasó a formar parte de ésta. El templo original se levantó en 1785, aunque ha sido reconstruido en numerosas ocasiones.

 

Mahamuni tiene una peculiaridad, las mujeres no pueden acceder a la zona donde se encuentra el Buda ya que consideran que, al tener la menstruación, las mujeres no somos puras. Andrea y yo nos quedamos fuera esperando mientras los chicos se acercan a contemplar de cerca el Buda; a los pocos minutos se nos acerca un monje para charlar con nosotras y practicar así su inglés. Nos cuenta algunos detalles sobre la vida monacal, como que pueden dejar de ser monjes si les apetece y volver a la vida religiosa; que a él le gustaba ver películas de James Bond y así mejoró su inglés, etc.

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La estatua de Mahamuni se encuentra en una pequeña cámara, sentada en un trono en una postura divina conocida como Bhmisparsa Mudra, sus piernas se encuentran cruzadas y los pies dirigidos hacia adentro. Su brazo derecho se extiende, tocando con la mano el suelo de forma ritual; su mano izquierda reposa sobre sus rodillas con la palma hacia arriba. Realizada en bronce, pesa unos ,5 toneladas con unos 3, metros de altura en total. Los hombres además de acercarse a verla, pueden tocarla e incrustar sobre ella papel de oro, un acto considerado como forma máxima de devoción.

En esta pagoda encontramos también unas esculturas que se encontraron en una excavación. Al parecer, si les tocas la parte del cuerpo en la que tú sueles sentir dolores, dejará de dolerte. Nico y yo le tocamos la tripita.También en esta pagoda descubrimos que tenía que bañar al Buda asociado al lunes (el día que nací) 27 veces para que nos de suerte.

 

Por último, para tomar fotografías en Mahamuni deberéis pagar una tasa, 1000 kyats por persona que vaya a tomar fotografías.

 

Nuestra segunda parada será Amarapura, para ver el desayuno de los monjes, aunque de nuevo hacemos una parada en un taller donde trabajan la seda. El objetivo real de estas paradas es intentar que compremos pero somos huesos duros de roer, y a nosotros nos encanta ver cómo trabajan los artesanos de cualquier parte del mundo.

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El desayuno de los monjes en Amarapura es famosísimo, es la última comida que pueden realizar en lo que queda de día así que organizan un ritual con una ceremonia que atrae a gran cantidad de turistas a diario. Cuando llegamos quedan 15 minutos para que empiece, Andrea y yo nos quedamos cogiendo sitio mientras Nico y Nacho recorren la zona, incluso consiguen entrar en una habitación de uno de los monjes.

El ritual empieza, y con él las primeras disputas entre la gente que intenta quitar el sitio a los que llevan tiempo guardándolo, incluso llegan a dar codazos a un chico hasta conseguir echarlo. Parece que aquí está todo permitido para tomar la mejor fotografía. Hay muchas cámaras de televisión y unas niñas pequeñas maquilladas como adultas y vestidas con unos trajes amarillos saludando a todo el mundo.

Por fin aparecen los monjes a lo lejos, en filas de 2, cabizbajos y en silencio.

 

En sus manos llevan una especie de olla en la que la gente les deja comida (fundamentalmente galletas y snacks). Todo el mundo graba y hace fotografías y, aunque nos han repetido hasta la saciedad que a ellos no les molesta, no podemos evitar sentirnos unos invasores tanto de su hogar, de sus rituales y de su intimidad, así que tras un rato como reporteros dejamos las cámaras.

Tras volver del viaje empecé a buscar información sobre este ritual y sobre si realmente es algo desagradable para ellos. Obviamente nuestro guía turístico iba a decir que a ellos no les importa, nos está cobrando por llevarnos allí, pero sus caras no reflejaban lo mismo. En algún blog de viajes que ha podido charlar con ellos, he encontrado opiniones de ambos pensamientos, los que dicen que están acostumbrados y no les importa y aquellos que (con toda la razón del mundo) comentan que es un momento muy privado y se sienten acribillados con tanta fotografía.

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Sea como sea, para aquellos que estáis interesados, los monjes deben levantarse cada día a las 4 de la mañana y desayunan en torno a las 5. A las 6 comienzan sus lecciones y es, en torno a las 10 y media u 11 de la mañana, cuando realizan este almuerzo, después tienen prohibido comer hasta el desayuno del día siguiente. Con una sensación agridulce, empezamos a disolvernos en cuanto la procesión llega a su fin, aunque es cierto que, pese a esa sensación de no estar haciendo lo correcto, yo también tomé fotografías y grabé para tener inmortalizado el momento.

Desde fuera podemos ver cómo almuerzan y aprovechamos para dar un último paseo antes de que nuestro guía nos recoja.

Desde aquí iremos a Sagaing Hill, en el camino cruzamos un puente donde hacemos una parada para contemplarla a lo lejos. Su dorado brilla sobre el resto de edificios y el verde de las colinas, es imposible no identificarla.

Sagaing se encuentra al oeste de Mandalay, junto al río Irrawaddy; a 20 kilómetros del centro y a unos 7 del puente de teca más largo del mundo (que veremos mañana al amanecer). En 1315, tras la caída de Bagan fue capital de uno de los reinos independientes. Con la llegada de británicos a Myanmar, esta zona cobró mucha importancia, incluso George Orwell paseó por aquí.

Para llegar a la colina existen dos formas: a pie (subiendo una cantidad inmensa de escaleras) o por carretera (aunque deberéis subir alguna que otra escalera más, pero nada en comparación). Si elegís la primera opción, tened en cuenta que debéis llevar bastante agua ya que es un buen tramo y no todo el camino está techado.

Nosotros, al ir con un guía, llegamos por carretera y así nos evitamos el pequeño trekking hasta la cima. No recuerdo haber pagado entrada, no sé si porque ya estaba incluida en el precio que le dimos al taxista o porque es gratuita (o quizás sí que pagamos, perdonad por el despiste. Antes de llegar a la pagoda, atravesaremos unas escaleras en ascenso donde hay gran cantidad de puestos donde comprar souvenirs, de hecho nosotros compramos otro elefante (el triple de grande que el que compramos en Bagán e infinitamente más barato. En un primer momento nos pedían12.000 kyats que, finalmente rebajaron a 8.600 kyats; así que si queréis comprar algún souvenir esta zona es buena).

 

Arriba se encuentra la Pagoda U Min Thonze, una pagoda alargada compuesta por 30 columnatas y una enorme terraza. La traducción literal de su nombre significa las 30 cuevas, y es seguramente debido a su disposición. En el interior podemos ver una colección de más de 45 estatuas de Buda, todas en posición de flor de loto.

El recinto es muy colorido, más que el resto de pagodas que hemos visitado hasta ahora, nadie dijo que la religión fuera sinónimo de colores oscuros así que ¡aquí tenemos una explosión de ellos!

En el exterior se encuentra una enorme terraza desde donde se puede contemplar todo Sagaing y las puertas con»forma de cueva» (hay que echarle algo de imaginación) que dan nombre a la pagoda.

Otra de las pagoda que encontramos en la parte alta de Sagaing es Soon Oo Ponya Shin, construida en el año 1312 por el ministro Pon Nya. Es una de las pagodas más antiguas y con una gran apariencia rica. En su interior se encuentra una estatua gigante de Gautama Buda que inunda el espacio con su túnica dorada, haciendo contraste con los azulejos de color jade que recubren las paredes y el techo.

 

 

Algo que puede sorprenderos muchos es que en esta pagoda hay bastante más cajas de donativos que en el resto, esto se debe a que cada caja está destinada a un propósito en concreto. Fuera volvemos a ver la policromía que invadía la Pagoda U Min Thonze, tanto color invita a hacerse mil y una fotografías.

Arriba se encuentran algunas pequeñas pagodas más, aunque nosotros sólo visitamos los alrededores antes de marcharnos a comer. Comimos en un restaurante en el que nos dejó nuestro guía. En un primer momento no estábamos demasiado convencidos por pensar que quizás sería una turistada, pero no había nada más cerca y aún nos esperaba mucho por delante así que entramos sin pensarlo.

El restaurante se llama Sagaing Hill, y para comer pedimos una especie de rollitos de primavera, unos nodles y cerdo agridulce, en total junto a las bebidas 13.500 kyats.

Desde aquí tomamos rumbo al embarcadero que nos llevara a Inwa, antiguamente conocida como Ava. La además antigua capital de Birmania. Sí, si hacemos una recopilación de veces que he dicho esa frase veréis que Myanmar es un país que cambia con mucha facilidad su capital (y que seguramente seguirá haciéndolo).

Nuestro chófer nos lleva al punto en el que tomaremos la barca para cruzar a Inwa, el trayecto apenas dura 5 minutos. Como veis en la imagen, de orilla a orilla hay escasos metros de distancia.

Nada más llegar a Inwa os ofrecerán un paseo en coche de caballos, en un primer momento el precio era 12.000 kyats cada pareja, así que decidimos ignorarlos y caminar sabiendo que rebajarían el precio. Mientras os contaré la historia de Inwa.

La pequeña isla situada entre los ríos Ayeryarwaddy y Myitnge vivió su esplendor desde el siglo XIV, para posteriormente ser asolada por guerras, saqueada dejándola sin riquezas y destruida principalmente por el terremoto de 1839 que castigó con dureza sus principales monumentos. Fue entonces cuando se decidió mover la capital a Amarapura. La antigua capital birmana (cuyo nombre original era Ratanapura) es una excursión imperdible donde encontraréis grandes tesoros escondidos entre un paisaje que, a mí, me recordó a las plataneras canarias. Desde entonces, se ha mantenido abandonada, viviendo únicamente de su agricultura y del turismo.

 

Después de caminar casi 5 minutos conseguimos que rebajen el precio del paseo en caballo a 6.000 kyats cada pareja, así que aceptamos sin dudarlo. En el camino vemos restos de la antigua muralla además de un paisaje verde precioso.

Justo antes de llegar a nuestro destino atravesamos un campo de arrozales de ensueño. El primer stop lo hacemos en el monasterio Bagaya, un monasterio realizado en madera de teca, cuya construcción se sitúa en el año 1593.En el año 1821 un incendio lo destruyó por completo y fue reconstruido en 1992. Esta construido sobre una base de 267 postes de madera de teca que alcanzan los 18 metros de altura.

Para subir hay que caminar por una escalinata de ladrillo y estaremos en el interior, totalmente decorado con grabados de madera que muestran motivos florales, pájaros mitológicos y otros animales. El interior además hace las veces de escuela para los niños de las aldeas cercanas, así que nosotros lo encontramos lleno de niños en su momento de descanso.

Recorremos todo el monasterio, charlamos con los chicos y tomamos bastantes fotografías y volvemos a montarnos en nuestro coche de caballos para acercarnos.

El siguiente alto en el camino es en la Pagoda Yadana Hsemee, una pagoda casi totalmente destruida en la que se encuentra una estatua de un Buda enorme sentado.

Antes de llegar a la última parada, paseamos por una zona preciosa donde la vegetación es muy abundante y nos cruzamos con bastantes campesinos, todos con unas sonrisas enormes y saludándonos.

Por último en Inwa, llegamos a la torre del reloj Nanmyint, lo único que queda en pie del Palacio de Innwa. Tiene una altura de 27 metros y fue construida en 1822. Se la conoce como la torre inclinada de Ava después de que el terremoto de 1839 causara numerosos daños en ella. Actualmente no se puede subir a la zona más alta por motivos de seguridad.

 

Llegó el momento de volver a cruzar de vuelta a Mandalay para acercarnos a la última parada del día, Mandalay Hill. El camino tiene bastantes curvas y está algo lejos, pero creédme, merecerá la pena. Mandalay Hill se sitúa en lo alto de la colina de Mandalay y allí se encuentra la pagoda de Sutaungpyei. Una de las cosas más bonitas es su gran patio central totalmente decorado con azulejos y que ofrece unas vistas preciosas a la ciudad.

Al situarse en la parte más alta de la ciudad, se ve una puesta de sol sobre el río Ayeryarwaddy preciosa, aunque se suele llenar de turistas que buscan como vosotros contemplar el sol despidiéndose de nosotros.

Llegamos al hotel y aprovechamos para ducharnos y prepararnos antes de ir a cenar. Hemos quedado con Imanol, el chico que conocimos en Bagán, con Andrea y Nico para ir a Green Elephant, un restaurante que recomiendan todas las guías y que a nosotros también nos encantó. El edificio es de época colonial y un enorme jardín donde cenar.

Pedimos una gran variedad de platos, y como aviso os diré que la comida picante es muuuuuuy picante, pero nos encantó. Nuestra parte de la cena costó 26.000 kyats. El taxi de vuelta al hotel costó 6.000 kyats en total, que de nuevo compartimos.

 

Estamos muy cansados y mañana madrugaremos aún más para disfrutar de un auténtico espectáculo. Espero que os haya gustado esta entrada y me acompañéis en la siguiente, el día comenzará de la forma más bella.

 

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