La naturaleza a veces nos regala espectáculos que emocionan y nos hacen sentir privilegiados. Llegamos a Chivay buscando sorprendernos y formar parte de una experiencia única y puramente peruana y el día no nos decepcionó; conseguir ver al Rey de los Andes gobernando el cielo del Valle del Cola fue una sensación increíble y que jamás podremos olvidar y, aunque nuestro instinto nos hizo tomar la cámara para sacar cuantas más fotografías y vídeos posibles, después de unos minutos decidimos prescindir de ellas y de tanta tecnología y disfrutar de los regalos que nos ofrece la Pachamama. 

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Aunque apenas he dormido en toda la noche, me encuentro mucho mejor.

El despertador suena las 4 y media, me ducho y preparo la maleta. Antes de ir a desayunar, me siento al aire libre a contemplar cómo amanece. La oscuridad ha dejado paso a un paisaje que enamora, todo a mi alrededor tiene un verde increíble y, a lo lejos, se ve el volcán Sabancaya que aún hoy sigue activo.

La paz y tranquilidad que transmite este lugar son increíbles y me da una pena enorme no poder pasar un par de días disfrutando de un sitio tan maravilloso.

Me dirijo a la zona de desayuno para tomar algo ligero; después una noche horrorosa es lo mejor para mi excursión (uno de los principales consejos ante el mal de altura es evitar las comidas copiosas). Desayuné zumo de piña, mate de coca y un par de manzanas y un Edemox, ya que por la tarde alcanzaré los 4000 metros de altura y no quiero volver a sentir el soroche.

Me sobra algo de tiempo hasta que vengan a recogerme. Recorro los alrededores y me llevo una grata sorpresa; un grupito de alpacas se ha acercado a darme los buenos días y a desayunar a menos de un metro.

Es la primera vez en todo el viaje a Perú que veo unas de cerca y me quedé embobada mirándolas y haciéndoles fotografías.

Mi guía se retrasa casi una hora, así que me da tiempo a pasear tranquilamente y ver como el sol empieza a iluminar las montañas.

Una vez me recogen, camino hacia la plaza de Yanque desde donde saldremos.

Aquí tenemos que esperar unos minutos más a dos personas que faltan, así que aproveché para dar un pequeño paseo y disfrutar del pueblo. Por fin dejo atrás las ciudades más cosmopolitas y empiezo a ver la vida peruana más típica. A las mujeres ataviadas con las vestimentas típicas y sus dos largas trenzas. Por fin me adentro en Perú.

Iniciamos el camino hacia el Valle, casi sin parar; con destino a la cruz del cóndor. Los retrasos hacen que si no nos damos prisa, no podamos ver al cóndor volar y no quiero perderme este espectáculo. Por el camino nos cuentan la famosa historia de Rosario y Ciro.

Al parecer, en Abril de 2011, la pareja decidió recorrer el Valle del Colca. Supuestamente se perdieron y, aunque los buscaron, sólo Rosario regresó. Parece ser que sobrevivió a base de comer los insectos que encontraba, pero su estado físico no coincidía con el de una persona que llevaba 9 días en esas condiciones.

Ciro seguía perdido y Rosario no parecía querer ayudar ni daba información útil sobre su paradero. Tras meses de búsqueda, y gracias a la labor de los expertos, el cuerpo aparece pero en extrañas circunstancias. Si se había caído de la montaña ¿por qué su cuerpo estaba en perfecto estado salvo un golpe en la cabeza?

Durante el trayecto me contaron como 4 hipótesis, todas señalando a Rosario como culpable, pero hoy en día sigue sin saber qué ocurrió realmente en el valle y cómo murió Ciro.

Llegamos al Cañón y, efectivamente, tenemos que parar para pagar la tasa de entrada. Elías, mi guía ya estaba avisado por el tour de que dijera que era chilena así que únicamente pagué 40 soles en lugar de 70.

Nadie me pide el pasaporte ni documentación; así que la jugada sale perfecta. Obviamente no voy a ser yo la que os diga que hagáis lo mismo, pero es cierto que si os sale bien como a mi os ahorraréis bastante dinero.

Normalmente no soy partidaria de estas cosas, pero es muy injusto ver cómo otra gente puede acceder por unos 5 soles y un español debe pagar 70.

En pocos minutos alcanzamos la Cruz del Cóndor, donde nada más llegar me reciben dos cóndores apoyados majestuosamente en una roca.

Y es aquí donde me pongo más poética porque, aunque pueda parecer una estupidez, ya que al fin y al cabo son dos pájaros volando cerca de ti; en ese momento te sientes especial. A mi alrededor podía haber unas 200 personas, todos en silencio expectantes a que esas dos aves se decidieran a batir sus alas.

Todos asomados a uno de los cañones más profundos del mundo, esperando a que empezase el espectáculo y de pronto un cóndor despliega su plumaje, consiguiendo que aquellos que lo contemplábamos esbozáramos una sonrisa. Pronto otro sigue su ejemplo, planeando a escasos metros de su público, presumiendo ante cientos de ojos que no queríamos ni pestañear para no perdernos detalle. A estos pronto se le suman unos 5 más, llegando a divisar hasta 7 aves volando a la vez.

¿Por qué atrae a tanta gente el vuelo del cóndor?

Desde mi experiencia diré que contemplar cualquier animal en su hábitat natural, sin que se sienta cohibido por los mirones que vamos a observarlo, me parece un auténtico lujo. Contemplar al ave carroñera de más envergadura (sus alas llegan a medir 3,5 metros de un extremo a otro) tanto de los Andes como de cualquier montaña del planeta deja sin respiración.

Si a esto le añadimos la cercanía, nos convierte en espectadores realmente afortunados.

Eso sí, hay que tener en cuenta algo realmente importante. Nos encontramos ante la naturaleza en estado puro. Esto no es un zoológico, por tanto hay que ir concienciado de que no siempre veremos cóndores (de hecho una mujer que estaba allí decía que era la cuarta vez que iba y que por fin los veía volar) y de que hay que tener el máximo respeto al conocido como Rey de Los Andes y a su entorno.

Me sobra una media hora antes de que tenga que volver a unirme al grupo que aprovecho para dar un pequeño paseo y para hacer fotografías.
Todo aquí tiene un atractivo especial y fotografiar es una delicia.

Desde aquí emprendemos el camino de vuelta a Chivay haciendo una primera parada en el mirador de Wayra Punku, a pocos minutos del cañón, que ofrece una increíble panorámica del valle con el pueblo de Madrigal al fondo.

La segunda parada sería en la municipalidad de Maca. Un pueblo muy colorido y conocido por su Pisco, y con una iglesia fascinante; donde podremos ver el sincretismo entre la fe católica y las antiguas creencias andinas.

A la salida me acerco a una alpaca bebé y, tras una pequeña propina, ¡me dejan darle el biberón! Una sensación preciosa y que nunca olvidaré.

Llegamos de nuevo a Chivay, donde en un par de horas saldrá mi autobús a Puno.

Aprovecho para comer una pizza en una de las pizzerías que hay en la plaza, donde me atendió un niño de unos 7 años como si fuera un camarero adulto de 30. Me resultó muy gracioso por su forma de hablar y de expresarse así que le dejé algo de propina (30 soles en total).

Salgo a la plaza a caminar por sus calles y a equiparme con todo lo necesario para el viaje. Por la mañana temprano le había comentado a Elías el soroche que tuve y me recomendó un truco; comprar un periódico y ponerme un par de páginas pegadas a la barriga para evitar el malestar y el vómito.

El autobús sale a las 13:15 desde donde se compran los billetes y es muy puntual. El billete incluye un pequeño snack, una botella de agua mineral, mate de coca o café; un guía ya que haremos 3 paradas y oxígeno por si alguien lo necesita, ya que en 35 minutos alcanzaremos casi los 5000 metros de altura.

La primera parada es en el mirador de volcanes Patapampa, a 4950 metros sobre el nivel del mar. La segunda en Volcán Chucura y la última en Lagunillas, un lugar de observación de aves y lagunas.

Durante todo el camino parece que no hay síntomas del soroche, voy oliendo alcohol y con la barriga forrada de periódicos, así que por ahora parece funcionar.
Durante la ruta el guía va explicando con detalle todo sobre la vida en estas zonas. Al ser un lugar con gran altitud, es imposible vivir de la agricultura. La población vive de las alpacas, llamas y vicuñas (tanto de su carne, como de su lana). Para poder conseguir alimentos tienen que viajar a Puno o a Chivay y así abastecerse.

Inexplicablemente y, aunque el autobús va rápido, llegamos una hora y media tarde (la hora prevista eran las 19:30), el autobús nos deja en la Plaza de Armas, junto a la Catedral y muy cerca de mi hotel, así que decidimos ir caminando.

A la llegada, me marcho directamente a la habitación.
Aunque no me siento tan mal como en Chivay, tengo un poco de malestar y mareo así que decido acostarme tras contratar los tours para el día siguiente con el hotel. Un gran error por mi parte porque me cobraron una cantidad increíble. (Os lo contaré todo tanto en el post de la ruta por Puno).

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