Diarios de Marrakech, día 2
Día 2: Descubrimos juntos los tesoros de la ciudad roja
El segundo día de nuestro viaje a Marrakech nos adentra en el corazón de la Medina, entre la historia de la Madraza Ben Youssef, el Museo de Marrakech, la Plaza de las Especias y los laberínticos zocos de la ciudad. Una jornada para conocer algunos de los rincones más fascinantes de Marrakech y dejarnos llevar, una vez más, por sus callejuelas.
Día 2 - Madraza Ben Youssef, museo de Marrakech, Plaza de las Especias y Zoco
Un nuevo día comienza en Marrakech; un nuevo día que, como siempre, empieza bien temprano; con la llamada a la oración.
No importa las veces que la visites; siempre es hipnótico escuchar la llamada desde la cama, todavía medio dormida, mientras la ciudad empieza poco a poco a ponerse en marcha al otro lado de las paredes del Riad.
MARRAKECH
Marruecos
11 NOVIEMBRE 2025
Día 2 de 5
ITINERARIO DEL DÍA
- Desayuno en el hotel.
- Madraza Ben Youssef
- Museo de Marrakech
- Comida en Atay Café
- Zoco
- Plaza de las especias
- Cena en Slimana
Este segundo día que arranca con un buen desayuno marroquí con deliciosas tortitas recién cocinadas, zumos de frutas y magníficos quesos. No hay desayunos que igualen a los de Marrakech. Fuera, mientras tanto, el sol ya brilla con ganas. Así que salgamos, que la Medina nos espera.
El aire aún es fresco, cuando comienza el devenir de callejones, el sonido de las persianas levantándose y de los primeros vendedores preparando sus puestos. Es una de mis horas preferidas para caminar por la Medina: todavía hay cierta calma y, durante unos minutos, parece que podemos disfrutar de Marrakech a nuestro propio ritmo.
Madraza Ben Youssef, una de las grandes joyas de Marrakech
La primera parada de hoy es la Madraza Ben Youssef, una antigua escuela coránica del siglo XVI, considerada una de las grandes joyas arquitectónicas de Marrakech. Fue durante siglos uno de los centros de enseñanza islámica más importantes del norte de África y hoy es, afortunadamente, una de esas visitas que todavía permiten detenerse a mirar. Pero la historia, aunque interesante, no es lo primero que viene a la cabeza cuando cruzas su puerta. Lo primero es la belleza.
La arquitectura de la Madraza impone. Cuesta no sentirme abrumada entre las paredes de un edificio tan bello que parece jugar a ser poesía, con esa impronta tan labrada, tan decorada, casi mística; pero también rematadamente orgánica e inspirada en la naturaleza.
El gran patio central es el corazón de la visita. Alrededor se despliega una auténtica exhibición de mosaicos, yeserías y madera de cedro. Los zellige cubren buena parte de las paredes con sus pequeños azulejos geométricos, mientras que las yeserías dibujan motivos que parecen hechos con una paciencia infinita. Pero aún hay más.
El sonido del agua y de los pájaros si conseguís llegar a primera hora cuando las avalanchas de turistas aún están comprando sus entradas, es un lujo. Estar prácticamente solo en un edificio tan bello es una experiencia que todos deberíais vivir. Sin duda, este es uno de mis edificios preferidos en la ciudad. Una obra de arte que me inspira y que no me canso de fotografiar. Además tiene algo que me encanta: no hace falta entender demasiado de arquitectura para quedarse con la boca abierta.
Y hay una cosa que os recomiendo especialmente: no tengáis prisa por marcharos. Subid a las plantas superiores, asomaos a las pequeñas estancias donde dormían los estudiantes y mirad el patio desde arriba. La perspectiva cambia completamente y es entonces cuando se entiende la magnitud de esta antigua escuela.
Museo de Marrakech: patios, mosaicos y una lámpara imposible
Solo necesitaremos unos pasos para llegar al Museo de Marrakech, instalado en el antiguo palacio Dar Menebhi, una de esas construcciones que ya merecerían una visita aunque no hubiera nada más que ver dentro.
El edificio es una pequeña maravilla. Patios, mosaicos, yeserías y una arquitectura que, por momentos, parece competir consigo misma para ver dónde encontramos más detalles.
Aquí la visita es algo más pausada. Después del impacto de la Madraza, entrar en el antiguo palacio es casi como cambiar de escenario sin abandonar la Medina.
Pero detengámonos un momento en la lámpara, porque eso haréis cuando la veáis (además de frotaros los ojos). Esta lámpara es el corazón del Museo de Marrakech, el lugar de donde se unen arquitectura y arte. Un remanso de paz y uno de mis rincones secretos de la ciudad, porque, a pesar de estar en pleno centro, suele pasar bastante desapercibido. Quizá porque muchos visitantes vienen atraídos por la Madraza y continúan su camino sin tan siquiera ser conscientes de que a tan poca distancia se encuentra esta maravilla. Sea como sea, si venís a Marrakech, no dejéis de visitarlo.
Es casi la hora de comer y, a estas alturas, ya cuesta pensar en otra cosa. Marrakech huele a especias, a pan recién hecho, a cuscús cocinándose a fuego lento. La gastronomía aquí es casi otro viaje dentro del viaje, de esos que empiezan con el primer tajine y continúan mucho después de haber dejado la mesa.
La comida, en Atay Café
Y aunque Marrakech está llena de restaurantes entre los que resulta difícil elegir, nosotros decidimos volver a uno de mis sitios de confianza: Atay Café. La comida es siempre una buena razón para volver —no olvidéis pedir el tajine de pollo al limón—, pero si hay algo que hace especial este lugar es su terraza. Las vistas sobre la Medina son preciosas y, después del bullicio de las calles, sentarse allí al sol es casi un pequeño paréntesis de paz.
El Zoco y la Plaza de las especias
Toda esta paz se interrumpe al sumergirnos en el Zoco y la Plaza de las Especias. Un absoluto caos de sonidos, aromas, colores y sensaciones.
Y es que esto es el verdadero corazón de Marrakech, el lugar desde donde parecen partir todos los caminos. Lo mejor, lo sé porque lo he hecho mil veces y lo haría mil veces más, es perderse entre puestos, callejones y recovecos; dejarse llevar sin saber muy bien dónde acabaremos y descubrir qué hay al doblar la siguiente esquina. Que de esto es de lo que realmente va Marrakech.
Aquí se acabó el silencio. Y las posibilidades de caminar en línea recta. Todo son vendedores que intentan llamar nuestra atención, motocicletas que aparecen de la nada, turistas que se detienen en mitad de la calle y pequeños comercios que parecen esconderse unos detrás de otros.
Y por supuesto, no hay una ruta fija que seguir. O, mejor dicho, sí la hay, pero probablemente no sea la que aparece en ningún mapa. La Medina se disfruta cuando dejamos de intentar encontrar el camino correcto y decidimos perdernos.
Nos cruzamos con tiendas llenas de alfombras, lámparas, cerámicas, bolsos de cuero y montañas de especias que parecen pintadas a mano. El olor cambia de una calle a otra y, entre el comino, la canela, el azafrán y la menta, Marrakech me recuerda que en esta ciudad también se viaja a través del olfato.
La tarde se nos va entre regateos, alfombras y un zambullirnos en todos los callejones que podemos. Y así, entre tiendas, puertas escondidas y muchos clics de cámara llega la hora de cenar.
La cena en Le Slimana
Para este día elegimos el que acabaría convirtiéndose en nuestro restaurante de cabecera en Marrakech: Slimana.
Su propuesta rinde tributo a la riqueza cultural y culinaria de otros tiempos, trasladando más de 800 años de legado a una cocina que recupera sabores de Marruecos y los reinventa sin perder su esencia. Cordero asado lentamente, por ejemplo, convertido en relleno de unos raviolis que se deshacen; o unos gnocchi hechos a mano con alcachofas, hummus y trufa son nuestra elección.
Una cocina que juega con la tradición, pero que no tiene miedo de hacerla viajar hasta lugares inesperados.
Y después de un día entero recorriendo Marrakech, ya solo nos queda descalzarnos al llegar al riad y dejarnos caer en la cama. Nos vemos mañana para seguir recorriendo la ciudad.
¡MUCHAS GRACIAS POR LEERME!
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