Diarios de Marrakech, día 3
Ven conmigo para saber cómo fue nuestro tercer día en Marrakech.
Comenzamos el tercer día de nuestro viaje a Marrakech. Un día de contrastes, entre ruinas, patios escondidos, callejuelas y la Marrakech más auténtica recorriendo el el Palacio El Badi, las tumbas Saadíes y las calles de la Medina, la plaza Jemaa el-Fna y la Koutoubia.
Día 3 - Palacio El Badi, tumbas Saadíes, la Medina, Plaza Jemaa El Fnaa y Koutubia
La cama de este riad es un auténtico sueño. Ya ha sonado la llamada a la oración, huele a pan recién horneado y a zumo de mandarina recién exprimido. Y aunque sé que dan ganas de no salir de este pequeño palacio y dedicarse a meditar, o a escribir un libro o dos, dejemos la pereza a un lado y salgamos a las calles de la ciudad: ahí está la verdadera trama.
MARRAKECH
Marruecos
13 NOVIEMBRE 2025
Día 3 de 5
ITINERARIO DEL DÍA
- Desayuno en el hotel.
- Palacio El Badi
- Tumbas Saadíes
- Comida en La Famille
- Medina y zoco
- Plaza Jemaa el Fnaa
- Koutoubia
- Cena en Slimana
La Medina arranca su jornada laboral y los puestos empiezan a abrir. Cuidado con los cubos de agua que aparecen de repente para limpiar el suelo, que no queremos empezar el día con los pies empapados. Los gatos se desperezan (y vuelven a dormitar) sobre sillas o sobre las motos y nosotros llegamos justo a tiempo para comprar nuevamente los primeros billetes.
El madrugón lo merece: vamos a visitar el que, para mí, es el palacio más bonito de la ciudad.
Nos adentramos así en el Palacio El Badi.
Palacio El Badi
El Palacio El Badi fue uno de los grandes palacios de la dinastía saadí, construido a finales del siglo XVI por el sultán Ahmad al-Mansur para celebrar su victoria sobre los portugueses. Aunque hoy solo quedan parte de sus estructuras, basta con adentrarse entre sus enormes patios para hacerse una idea de la grandeza que tuvo. Y entre sus muros todavía aparecen detalles preciosos, como en los mosaicos.
Lo que más sorprende es la sensación de espacio. Después de caminar por las estrechas callejuelas de la Medina, entrar aquí es como cambiar de mundo. De repente todo se abre, aparecen los grandes patios, los muros de tierra rojiza y los naranjos y, sobre nuestras cabezas, un cielo enorme que parece formar parte del propio palacio.
El sol interactúa con el palacio durante todo el día, se desliza entre sus azulejos, entre los naranjos y los muros y genera infinitos juegos de luz y sombras. Transmite calma, esa es la palabra. Tanta como permitan los turistas ya que, como es de esperar, este es otro de los lugares más concurridos en la ciudad.
Cuesta imaginar que este lugar llegara a ser uno de los palacios más suntuosos de Marrakech y que, siglos después, lo que encontremos sean estas ruinas. Pero quizá ahí reside parte de su encanto: en caminar entre lo que queda e imaginar todo aquello que ya no está.
Y aunque ya lo he visitado en varias ocasiones, vuelvo a hacer exactamente lo mismo: sacar la cámara, buscar otro rincón y pensar que sí, que sigo creyendo que es el palacio más bonito de Marrakech.
Tumbas Saadíes
Desde aquí ponemos rumbo a las Tumbas Saadíes, a pocos minutos caminando. Y si El Badi nos había dejado imaginando la grandeza de la dinastía saadí, aquí vamos a encontrarnos con algo mucho más íntimo: el lugar donde descansan algunos de sus miembros.
Una vez entramos vemos que el contraste no puede ser mayor. Venimos de un enorme complejo de patios y ruinas y, de pronto, nos encontramos frente a un recinto mucho más pequeño, casi escondido entre las calles de la Medina.
El recinto es pequeño, pero está lleno de detalles: mármol, yeserías, madera de cedro y mosaicos que parecen competir por llamar nuestra atención.
La joya del conjunto es el mausoleo de las Doce Columnas, donde está enterrado el sultán Ahmad al-Mansur. No hace falta demasiado tiempo para visitarlas, pero sí conviene detenerse. Mirar hacia arriba, fijarse en cada detalle y entender que estamos ante uno de los pocos lugares que conservan, casi intacta, la delicadeza decorativa de la época saadí.
Y, como suele ocurrir en esta ciudad, basta con salir por la puerta para que cambie completamente el escenario.
La Medina es ahora un bullicio. Las calles se han llenado de turistas, de vendedores, de vida. Las motos se abren paso por donde parece imposible que quepa una moto, los vendedores intentan captar nuestra atención y nosotros volvemos a dejarnos llevar por el laberinto de callejuelas. Entre el ir y venir de la gente, una de sus calles nos conduce a una discreta puerta donde tenemos nuestra próxima cita.
La comida en el restaurante La Famille
Dos golpes al llamador, más por ilusión que por necesidad y una chica, con túnica y turbante nos da la bienvenida a un auténtico oasis de paz en mitad del incesante ruido de motocicletas. Nos encontramos en el restaurante La Famille, uno de esos lugares que parecen haber decidido esconderse del resto de Marrakech.
Su patio es precioso. Hay plantas por todas partes, mesas bajo la sombra y una calma que cuesta creer que pueda existir a tan pocos metros del caos de la Medina. Huele a té de menta, a comida recién hecha, cocinada con mucho amor y a chocolate con naranja.
La Famille tiene una cocina sencilla, fresca y muy cuidada, con una carta que apuesta por productos locales y platos vegetarianos. Siempre hay una ensalada, una pasta y una pizza que cambia cada día y que sorprenden. Con una hospitalidad de carácter matriarcal, ya que está en manos de un equipo formado íntegramente por mujeres, todo son sonrisas, y tranquilidad, Aquí no venimos buscando una comida rápida entre visita y visita, sino a sentarnos un rato, bajar el ritmo y dejar que Marrakech siga pasando al otro lado de la puerta.
Nosotros pedimos la pizza del día, que aquel día era de guisantes, cebolla y queso feta, y la pasta del día: unos gnocchi con salsa de calabacín. Y si sois de los que, como yo, siempre dejan sitio para el postre, no os vayáis sin probar sus tartas. No es el típico lugar al que vienes a comer deprisa para continuar con la ruta; aquí todo invita a quedarse un poco más.
Una tarde de nuevo en la Medina
Con el estómago contento, volvemos a la Medina. Sin demasiados planes y con esa sensación de que todavía queda mucha Marrakech por delante. Seguimos entrando y saliendo de tiendas, contemplando alfombras (aunque no entren en nuestra maleta de mano), cruzando callejuelas que ya nos resultan más que familiares y descubriendo otras por las que no habíamos pasado.
Entre tanto ir y venir, encontramos algo que habíamos marcado expresamente en nuestra ruta turística: un fotomatón.
Y por supuesto, paramos.
No sé vosotros, pero nosotros somos los típicos que entran en los fotomatones en cada país, que retratamos nuestra felicidad y la colgamos en nuestra nevera para que consiga transportarnos directamente a ese día, a ese calor y a aquella calle de Marrakech cada vez que la veamos. Así que allí estamos, delante de una pequeña cabina, con nuestras caras más felices.
Después seguimos caminando hasta llegar a uno de los lugares más reconocibles de la ciudad: la plaza Jemaa el-Fna.
La famosa Plaza Jemaa el-Fna
Llega la tarde y el ambiente se vuelve más vibrante en la icónica plaza Jemaa el-Fna. Aunque la plaza bien merece una visita a distintas horas del día, es con el atardecer cuando el bullicio la transforma y enseña su verdadera esencia. Poco a poco aparecen puestos de comida, vendedores, músicos y todo ese movimiento que ha convertido a la plaza en uno de los grandes símbolos de Marrakech.
Aquí es donde aparece la Marrakech más ruidosa, más caótica y también más difícil de explicar. Hay que estar allí para entender esa mezcla de sonidos, humo, luces, conversaciones y gente que parece moverse en todas las direcciones al mismo tiempo.
Pero hay algo que quiero contaros y que creo que es importante incluir en cualquier guía o diario sobre Marrakech: los animales no forman parte del espectáculo.
Algo a tener en cuenta
En la plaza es habitual encontrarse con personas que ofrecen fotografías con monos o serpientes, además de otros animales utilizados como reclamo turístico. Puede resultar tentador pensar que una fotografía dura solo unos segundos y que no estamos haciendo daño a nadie. Pero precisamente esas fotografías mantienen un negocio que se alimenta de que sigamos pagando.
Los monos que se utilizan para las fotografías viven encadenados y maltratados y los animales salvajes empleados como entretenimiento están sometidos a unas condiciones que nada tienen que ver con su comportamiento natural. Lo mismo ocurre con los paseos a caballo. Si pagamos por subirnos a un caballo, por muy bucólica que pueda parecer la fotografía, estamos contribuyendo a que esa actividad continúe. Las condiciones de los animales de trabajo pueden ser especialmente duras cuando están expuestos durante horas al calor, sin suficiente descanso, sombra o agua.
No hace falta hacer un gran gesto. A veces, ser un viajero responsable consiste simplemente en no pagar. En no hacerse la fotografía. En no montar. En no contribuir.
Koutoubia
Desde Jemaa el-Fna basta con levantar la mirada para encontrarla: la Koutoubia, el gran faro de Marrakech.
Su minarete domina el perfil de la ciudad y sirve, además, como uno de esos puntos de referencia que terminan ayudándonos a orientarnos en mitad del laberinto de la Medina. Nos acercamos hasta sus jardines cuando la tarde empieza a caer. La luz cambia el color de las paredes y el bullicio de la plaza queda unos metros atrás. Es uno de esos momentos en los que no hace falta hacer demasiado: sentarse, mirar y dejar que la ciudad termine el día delante de nosotros.
Pero el día todavía no ha terminado. Volvemos a adentrarnos en la Medina, ahora con las luces de las tiendas encendidas y las calles convertidas en ese pequeño caos.
La cena en Le Slimana
Y parece que hemos encontrado nuestro restaurante de cabecera, porque por segundo día consecutivo volvemos a cenar a Le Slimana. Esta vez la elección cambia por completo: pedimos un ceviche de dorada y labneh, manzana y vinagreta de miel y sésamo negro, además de un tajine de pollo con limón.
Una cena exquisita y, una vez más, una de esas comidas que hacen que volver a un restaurante al día siguiente no parezca en absoluto una mala idea.
Después de un día entero recorriendo Marrakech, solo nos queda volver al riad. Otra vez las mismas calles, otra vez esa puerta que se cierra detrás de nosotros y, al otro lado, el silencio.
Nos vamos a dormir. Mañana habrá más Marrakech.
¡MUCHAS GRACIAS POR LEERME!
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Voy en breve a Marrakech, me anoto los lugares, sobretodo Le Slimana… tiene muy buena pinta!