Cuenta la leyenda que Ollantay era un admirado guerrero enamorado de Cusi Coyllur, hija del rey inca Pachacútec. Mantenían una relación prohibida puesto que ella pertenecía a la nobleza y el no podía aspirar a desposar a la hija de tan importante Inca, que debía casarse con alguien de su misma clase social. Ante las negativas del gran rey, los jóvenes deciden casarse en secreto, pensando así que Pachacútec aceptaría su relación pero, contrariamente a lo que esperaban, el Inca entró en ira y envió a su hija al templo de Acllauasi como reclusa. Ollantay fue retenido en el cuartel militar donde, tras ver la injusticia de las leyes del imperio, reunió a un grupo de guerreros y se rebeló contra el gran Pachacútec. Durante 10 años de arduas batallas, el Inca intentó capturar a Ollantay pero al ver que era algo imposible, decidió aceptar el matrimonio de éste con su hija.

 

La palabra Pisac proviene del vocablo quechua pisaq o p’isaqa que significa perdiz, recibía este nombre debido a la abundancia de perdices en esta zona.

 

Y ahora sí, empezamos nuestra visita a Ollantaytambo, visita rápida porque tenemos el tren a las 8 de la tarde. Tengo que reconocer que la ciudad nos encantó, es precioso caminar por calles donde el agua del río discurre por pequeños canales de piedra; es una ciudad muy pintoresca, las construcciones en el mismo material enmarcadas por las montañas te atrapan y te transportan a otra época.

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Ollantaytambo fue una de las poblaciones incas más importantes del imperio y tuvo un papel muy importante en la resistencia a la conquista española al ser un punto estratégico en el Valle Sagrado.

Aquí se unían caminos que suministraban las riquezas al imperio inca y desde aquí se controlaba el paso al camino a Machu Picchu. De hecho, en la época en que Pizarro intentó la conquista, se eliminaron varios caminos y puentes que llegaban a él y quizás, gracias a eso, Machu Picchu permaneció oculta y a salvo de la barbarie española.

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La zona arqueológica se puede visitar comprando una entrada por 70 soles por persona, que también permite la entrada a Pisac y dentro podréis contratar a un guía para que os explique el interior, el precio ronda entre los 60 y los 100 soles. La fortaleza es un lugar que impone y que requiere de un buen estado físico para recorrerla debido a sus altísimas y empinadas escaleras para acceder a las terrazas. Además nos encontramos a 3000 metros de altitud y, si no vais aclimatados, seguramente os cueste demasiado. En su interior destacan edificios como el Templo del Sol y sus gigantescos monolitos, el Mañaracay o Salón Real, el Incahuatana y los baños de la Princesa. En la parte superior se encuentra una fortaleza con terrazas de piedra, construidas para proteger el valle de invasiones. Quizás la zona mejor conservada sea la plaza Hanan Huacaypata, donde encontramos 15 manzanas de casonas sobre muros de piedra. Es en esta parte superior donde se encontraban las residencias de los nobles y el templo del sol.

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Desktop1Los incas tenían la creencia de que las montañas tenían espíritus así que construían adaptándose a ellas y respetando todo lo posible la naturaleza. Como veréis es un yacimiento perfectamente conservado, donde incluso se observan las típicas ventanas y marcos de puertas trapezoidales que ayudan en caso de seísmo.

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Tras nuestra visita cruzamos para subir al mirador que hay justo en frente, desde donde se ven unas vistas increíbles del conjunto y de la ciudad, y aquí es donde comienza la segunda anécdota del día. No encontrábamos el acceso que da inicio a la subida y decidimos preguntar a un hombre que encontramos por la calle. Pues bien, nos indica una calle por la que debemos continuar y, después de caminar unos minutos, vemos que venía con nosotros. Nos para ante un portón antiguo de madera y lo abre diciendo que esa es la entrada. En ese momento empiezo a dudar de si fue buena idea preguntarle justo a él y si no tendría malas intenciones.

Abre la puerta y lo que vemos es vegetación y una montaña, nos hace seguirle y nos dice que tenemos que empezar a ascender, que ese es el camino y él se marcha. Comenzamos a «escalar» y a subir por un camino donde era casi imposible avanzar debido a la cantidad de hierbas, matorrales y a lo estrecho y empinado que resulta. De nuevo empiezo a pensar que esto no es normal y que es imposible que la gente suba por aquí, que el camino es demasiado peligroso y lo peor ¿también se baja por aquí?

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Llegamos a nuestra meta y esos pensamientos se evaporan por completo cuando vemos las vistas que tenemos desde nuestro privilegiado (y solitario) sitio. Se ven perfectamente las casitas, las plazas, los cultivos, las montañas. Pero si ya estamos asombrados, en cuanto alzamos la vista nos quedamos literalmente sin palabras. Ante nosotros encontramos varios almacenes incas, situados a estas alturas para que el aire fresco de las montañas conservaran en buen estado los alimentos que allí se depositaban. Supuestamente, en una piedra cerca de estos almacenes puede verse el rostro de Wiracocha, no sé sabe si ha sido tallada por el hombre o ha sido por la erosión del viento y el agua pero aquellos que la ven dicen que es un elemento que aporta más misticismo al lugar.  

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Nos quedamos sentados, disfrutando el momento, las vistas y el silencio cuando empezamos a oír un silbato que suena insistentemente. Nosotros estamos tan absortos en el ambiente en el que nos encontramos, que no nos damos cuenta de que un guarda de seguridad nos hace señales y nos llama desde abajo mientras asciende a donde nos encontramos nosotros. Nos indica a gritos que empecemos a bajar por donde él nos indica y así hacemos y, cuando por fin llega a donde estamos nosotros, nos dice que no podíamos estar ahí, que era un lugar peligroso y, tras contarle cómo habíamos llegado y la historia del chico que nos llevó hasta ahí, nos dice que ese camino está cerrado porque es demasiado peligroso al público y que no está permitido al público.

Después de pedir disculpas una y otra vez y repetirle que venimos de España y que es imposible que conociéramos ese camino porque sí, parece que empieza a creernos y no nos regaña demasiado. Una vez abajo, volvemos a mirar arriba para buscar hasta dónde habíamos llegado y el camino por el que ascendimos y no podemos evitar reírnos ¡Con razón había tanto silencio y no nos habíamos encontrado con nadie!

Queda algo más de una hora para que nuestro tren a Aguas Calientes así que aprovechamos para tomar un té sentados en la plaza de Ollantaytambo (aunque el precio nos pareció excesivo, costó 5 soles) y empezamos a caminar hacia la estación de trenes.

Los billetes (ida y vuelta) los compramos desde España porque, aunque sea temporada baja, no queríamos arriesgarnos a quedarnos sin plaza para llegar a Machu Picchu. El billete de ida nos costó 63$ por persona y el de vuelta 77$ cada uno.

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El tren sale a las 19:00 y, en teoría, a las 20:30 llegamos a Aguas Calientes y aquí es donde empieza la tercera anécdota del día. Cuando llevamos unos 15 minutos de trayecto el tren, que iba a buena velocidad, frena en seco haciendo que el carrito de las bebidas del tren caiga al suelo y que todos los pasajeros nos llevemos un susto importante. Nadie nos dice qué ha pasado ni cuánto tiempo estaremos parados, empiezan a pasar los minutos hasta que pasa la primera hora y seguimos inmóviles y sin noticias.

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Los azafatos llevan Walkie -Talkie y, poniendo mucho la oreja, escuchamos que se ha roto una caldera y por eso estamos parados y que aún queda otra media hora. La gente va casi toda durmiendo y parecen no preocuparse por cuándo llegaremos a Aguas Calientes mientras yo estoy que me subo por las paredes pensando en que al día siguiente tenemos que pegarnos el madrugón de nuestra vida, que apenas vamos a descansar y que el pobre hombre del hotel que iba a ir a buscarnos a la estación estará allí sin noticias de nosotros. A todo esto se le suma el dolor de estómago que llevo arrastrando desde hace un par de días por una infección de estómago.

Cuando por fin nos ponemos en marcha, nos sirven un tentempié (galletas, chocolatinas y bebidas) pero todo sin informarnos de qué ha pasado. Llegamos a Aguas Calientes pasadas las 22:00 y, como yo sospechaba, allí sigue el chico del hotel esperándonos. Hacemos el chek-in y nos dirigimos a la habitación, pero tenemos que pedir un cambio. Estamos justo al lado del río y, baja con tanta fuerza, que el sonido es horroroso y no nos va a dejar dormir así que nos dan la única habitación que queda libre, una habitación con humedad por todos lados (incluso las sábanas huelen a humedad), pero estamos tan cansados y tenemos que madrugar tanto que hacemos caso omiso y nos vamos a dormir.

Estamos a horas de cumplir un sueño, de llegar al lugar con el que tantas veces he soñado y que hasta hace semanas parecía imposible. Dicen que si deseas algo con fuerza, acaba haciéndose realidad y parece que es cierto. Machu Picchu nos espera, así que no os perdáis el siguiente relato de nuestra aventura, porque es el lugar más especial y mágico que hemos visitado hasta ahora y no decepciona. ¡Machu Picchu allá vamos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me despierto con los truenos que se oyen. Si anoche me iba a dormir con el cielo encapotado, hoy el clima parece mejorar.
Con cierta tristeza organizo la mochila y la maleta (la maleta se quedará en el hotel hasta que vuelva de Machu Picchu). Me doy una ducha y subo a tomar el desayuno antes de que el tour venga a recogerme, en torno a las 7 y media u 8 de la mañana.

 

Lo cierto es que el tour fue un pequeño fallo del viaje, ya que hasta las 10 de la mañana estuvimos todos metidos en el autobús sin saber el motivo.  Dos horas perdidas  que podría haber aprovechado para descansar, visitar cosas o tomar un té en una cafetería. Pero así son a veces los viajes; incontrolables.

Pasadas las 10:30 empezamos el camino rumbo a Pisac. Antes de llegar hacemos dos paradas; una en un lugar para comprar souvenirs y bebidas (no os recomiendo nada comprar bebidas aquí, vimos como rellenaban las botellas de agua con agua de una manguera), y una segunda parada en el mirador de Taray, situado a 3200 metros sobre el nivel del mar.

Este mirador está considerado como uno de los mejores para contemplar el valle sagrado, ya que se aprecia con claridad el paisaje y el cauce del río Vilcanota, rodeado de montañas y campos de cultivo. Dependiendo de la temporada (si es de lluvias o temporada seca) se pueden observar los nevados, como el Pitusiray.

 

LLEGADA A PISAC

Llegamos a Pisac con ilusión, pero también con cierta tristeza. No es posible visitarla debido a que unos seis días antes una roca se desprendió provocando la muerte de una niña de 10 años por las lluvias torrenciales; así que el centro arqueológico permanecía cerrado y sólo se puede apreciar desde la distancia.

La perdiz, además, está relacionada con la espiritualidad, lo místico y los valores espirituales que el ser humano debe desarrollar.

Las ruinas se encuentra en la ladera de una colina, flanqueadas por dos barrancos. Lo más característico, a simple vista, son las terrazas escalonadas que utilizaban para obtener más variedad de cultivo y de mejor calidad. La estructura básica de Pisac es la de una ciudad inca, con varios núcleos dispersos por las colinas, con casas y templos de piedra.

 

Con una sensación extraña nos marchamos, tenía muchas ganas de poder visitar las ruinas y ver su esplendor in situ; pero las circunstancias no lo permiten así que ahora toca pensar en las próximas paradas, que igualmente me apetecen mucho.

En Pisac hacemos una segunda parada para visitar las calles del centro, adornadas con cientos de puestos donde comprar recuerdos; y para ver cómo se elaboran las joyas de plata. Sinceramente, creo que esto fue más un intento de vendernos joyas que una parada de interés real) y nos dirigimos a Urubamba; donde algunos de los pasajeros tienen contratado un almuerzo buffet.

Aquí es donde me di cuenta del error cometido al contratar el tour. No sólo he perdido mucho tiempo sino que, además, nos van llevando a sitios para intentar que gastemos dinero, sin visitar sitios de interés.

Nos llevan a un buffet para comer, muy alejado del resto de restaurantes y nos dicen que ahí se come muy bien. Aún así decidí aguantar  el hambre y esperar a llegar a Ollantaytambo y comer donde yo elija. He pagado un tour de 60 soles y hasta ahora sólo he visto Pisac de lejos.

Por fin ponemos rumbo a Ollantaytambo y parece que para compensar el dinero mal gastado, el clima empieza a cambiar y sale el sol iluminando la ciudad.

Cuando llegamos el guía nos dice que tenemos que pagar 70 soles para entrar a Ollantaytambo y que, además, ellos irán con prisa porque aún les queda una ciudad por visitar. Sin saber si reírme o llorar, decido ir por libre y visitar Ollantaytambo a mi ritmo.

Lo primero que hago es acercarme a las oficinas de Perurail a recoger mis billetes para Aguas Calientes y después parar a comer para recuperar fuerzas. No recuerdo con exactitud el nombre del restaurante, creo que se llamaba Copacabana donde comí por 60 soles una lasaña, nachos con guacamoles, una limonada y un zumo natural.

Y ahora sí, empezamos mi visita a Ollantaytambo.

Visita rápida porque mi tren sale a las 8 de la tarde. Tengo que reconocer que la ciudad me encantó; es precioso caminar por calles donde el agua del río discurre por pequeños canales de piedra.
Es una ciudad muy pintoresca, las construcciones en el mismo material enmarcadas por las montañas te atrapan y te transportan a otra época.

Aquí se unían caminos que suministraban las riquezas al imperio inca y desde aquí se controlaba el paso al camino a Machu Picchu. De hecho, en la época en que Pizarro intentó la conquista, se eliminaron varios caminos y puentes que llegaban a él y quizás, gracias a eso, Machu Picchu permaneció oculta y a salvo de la barbarie española.

La zona arqueológica se puede visitar comprando una entrada por 70 soles por persona, que también permite la entrada a Pisac.
Dentro podréis contratar a un guía para que os explique el interior. El precio oscila entre los 60 y los 100 soles.

La fortaleza es un lugar que impone y que requiere de un buen estado físico para recorrerla debido a sus altísimas y empinadas escaleras para acceder a las terrazas. Además nos encontramos a 3000 metros de altitud y, si no vais aclimatados, seguramente pueda costaros un poco.

En su interior destacan edificios como el Templo del Sol y sus gigantescos monolitos; el Mañaracay o Salón Real, el Incahuatana y los baños de la Princesa. En la parte superior se encuentra una fortaleza con terrazas de piedra, construidas para proteger el valle de invasiones.

Quizás la zona mejor conservada sea la plaza Hanan Huacaypata; donde encontramos 15 manzanas de casonas sobre muros de piedra. Es en esta parte superior donde se encontraban las residencias de los nobles y el templo del sol.

Los incas tenían la creencia de que las montañas tenían espíritu y alma; así que construían adaptándose a ellas y respetando todo lo posible la naturaleza. Como veréis es un yacimiento perfectamente conservado, donde incluso se observan las típicas ventanas y marcos de puertas trapezoidales que ayudan en caso de seísmo.

Tras la visita cruzo para subir al mirador que hay justo en frente, desde donde se ven unas vistas increíbles del conjunto y de la ciudad.

Aquí es donde comienza la gran anécdota del día.
No encontraba el acceso que da inicio a la subida y decidí preguntar a un hombre que encontré por la calle. Pues bien, me indica una calle por la que debía continuar y, después de caminar unos minutos, veo que me sigue.

Me para ante un portón antiguo de madera y lo abre diciendo que esa es la entrada. En ese momento empiezo a dudar de si fue buena idea preguntarle justo a él y si no tendría malas intenciones.

Abre la puerta y lo que veo es vegetación y una montaña. Me hace seguirle y me dice que tengo que empezar a ascender, que ese es el camino y él se marcha. Comienzo a «escalar» y a subir por un camino donde era casi imposible avanzar debido a la cantidad de hierbas, matorrales y a lo estrecho y empinado que resulta.

De nuevo empiezo a pensar que este camino no es normal y que es imposible que la gente suba por aquí. El camino es demasiado peligroso y lo peor ¿también se baja por aquí?

Llego a mi meta y esos pensamientos se evaporan por completo cuando veo las vistas que tengo desde mi privilegiado (y solitario) sitio.

Se ven perfectamente las casitas, las plazas, los cultivos, las montañas. Pero si ya estoy asombrada, en cuanto alzo la vista me quedo literalmente sin palabras.
Ante mi se encuentran varios almacenes incas, situados a estas alturas para que el aire fresco de las montañas conservaran en buen estado los alimentos.

Supuestamente, en una piedra cerca de estos almacenes puede verse el rostro de Wiracocha; no sé sabe si ha sido tallada por el hombre o ha sido por la erosión del viento y el agua; pero aquellos que la ven dicen que es un elemento que aporta más misticismo al lugar.

Me quedo sentada; disfrutando el momento, las vistas y el silencio cuando empiezo a oír un silbato que suena insistentemente.
Estoy tan absorta en el ambiente de paz, que no me doy cuenta de que un guarda de seguridad me hace señales y me llama desde abajo mientras asciende hacia mi.

Me indica a gritos que baje por donde él nos indica y así hacemos y, cuando por fin llega a donde estamos nosotros, nos dice que no podíamos estar ahí, que era un lugar peligroso y, tras contarle cómo habíamos llegado y la historia del chico que nos llevó hasta ahí, nos dice que ese camino está cerrado porque es demasiado peligroso al público y que no está permitido al público.

Después de pedir disculpas una y otra vez y repetirle que venimos de España y que es imposible que conociéramos ese camino porque sí, parece que empieza a creernos y no nos regaña demasiado. Una vez abajo, volvemos a mirar arriba para buscar hasta dónde habíamos llegado y el camino por el que ascendimos y no podemos evitar reírnos ¡Con razón había tanto silencio y no nos habíamos encontrado con nadie!

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